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Nuestros personajes

Poco entro en estos temas en esta columna, pero harto los conversamos en casa: cada ser humano es un mundo. Un mundo de relatos y apariencias, de defensas y construcciones internas. El ser humano, desde sus aspectos más materiales a los más espirituales, se encuentra permanentemente en juego. Somos complejos, y a veces cuesta ver cómo todo en nuestra vida se relaciona, tiene un cierto sentido, una pauta que conecta.

Gracias a su preparación, e inspiración, con la guía de mi mujer, continuamente intento lograr una metodología para entrar en los propios líos. En todo, realmente, ya que nuestros “rollos” qué son, si no los bloquecitos que constituyen nuestra vida, nuestra propia biografía, nuestro relato, nuestro “cuento” acerca de quiénes somos.

Se trata de entrar en la identificación de la emoción detrás de la actitud o disposición que nos resulta problemática: nuestra “forma de ser” debe ser desagregada en pedacitos de actuación, y éstos, interpretados en función de su emoción motivadora, y de qué manera dichas acciones, en el mundo, se relacionan con un beneficio para dicha emoción, aunque lo sea de modo aparentemente indeseable. Esta emoción puede ser miedo, puede ser rabia, puede ser pena.

Nuestra actuación se sucede para ir constituyendo el personaje de uno, su así llamada identidad. Y este personaje, construido en relación con otros, ha sido nuestra armadura, nuestro punto de defensa, para relacionarnos, para vincularnos, en un contexto de necesidades primarias. Digámoslo bien, centrado en la afectividad.

Necesitamos amor, necesitamos cariño. Lo demás, la falta de ello, o bien el excesivo uso –utilización- de ello, de manera abusiva, nos conduce a armar nuestros personajes. Pero este personaje, que no es sino lo más nuestro –porque somos lo que estamos siendo, ése es el punto-, queda sin nombre. Lo negamos. Lo realizamos continuamente y con todas nuestras energías, digo, a la vez que diríamos que no existe.

Nos hacemos los lesos con nosotros mismos. Permanentemente. Entonces somos lesos, ya que somos lo que hacemos para dejar de ser quienes somos, dicen por ahí.

El autoengaño no proviene, sin embargo, de la falta de oportunidad, ni de la flojera. “Negligencia”, podríamos decir, pero caemos en el riesgo de atribuirle un carácter negativo, cunado en realidad, si bien puede causar dolor, es sencillamente un estado, una condición, una circunstancia –aunque substancial. Esa negligencia no subsiste porque seamos demasiado flojos como para cambiar nuestro actuar.

Esa negligencia subsiste porque no cambiar nuestro personaje, de alguna manera, quizá extraña, en la cual debemos entrar, nos beneficia. Ser así como somos, nos trae beneficios en nuestra búsqueda de consecución de afecto. El afecto, interpretado desde muchas figuras: la adulación, el cariño, la atención, el tiempo compartido, la cercanía física, el tacto, qué se yo.

El pobrecito, la gorda, el macho alfa, el sabelotodo, la irresponsable, todos. Todos nos sirven, para relacionarnos con los otros y para poder auto-definirnos. Para hacerlo en función del amor que necesitamos. Todos tienen su razón de ser, en función del amor que no hemos obtenido, o que hemos recibido de manera abusiva.

¿Cómo salir de ello, si eso queremos? Hay que entrar en uno mismo, hay que mirar, hay que poner luz sobre ello. Y si somos capaces de verlo, es porque su luz nos ha llegado a los ojos, y aquella luz, nos ilumina. El cambio ya ha comenzado, porque no hay nada más transformador, que conocerse más a uno mismo.

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Texto publicado originalmente el domingo 29 de septiembre de 2013 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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