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Utopía

Hace algunos días me tocó asistir a una jornada en Santiago donde se reunían todas las jefaturas regionales del servicio en el cual trabajo. Ahí, discutimos muchos temas que desde la operatividad local aparecen como obstáculos, e intentamos entregar ideas para –posiblemente- lograr hacer las cosas de otro modo.

En general, la discusión giraba en torno a cómo podemos adaptarnos de mejor forma a las condiciones que nos impone la actual normativa. Sin embargo, uno de los asistentes dijo algo que me resonó fuertemente: “No. En vez de buscar cómo arreglárnoslas con esto y encontrarle la vuelta, ¡mejor sencillamente planteémonos el escenario ideal, que sabemos cuál es y sabemos que es el correcto, y un plan gradual para ir acercándonos de manera concreta a ése estado!”.

A menudo, por no decir siempre, nos vemos tan envueltos en los quehaceres “urgentes”, que dejamos de hacer lo importante. Dejamos de mirar el cómo operamos, y más bien lo damos más y más por sentado, aceptando ciegamente que aquellas son las condiciones y ya, que hay mucha pega que sacar, y que todo es para ayer. En nuestro afán adaptativo-urgencista incluso hemos otorgado una connotación un tanto negativa al término “utopía”, pese a que la palabra no hace sino referencia a una tierra que, si bien no está a la mano, es desde luego buena.

Más aun, funciona como etiqueta desacreditadora llamar a alguien “soñador”, o decir que su idea, su concepto es radical, es utópico. Que no es más que una idealización, un feliz Edén que sencillamente no existe, y basta, no tenemos tiempo para hablar de esto.

La retórica anti-utópica vive del uso de la urgencia. Su lenguaje está plasmado en el “no podemos detenernos a pensar esto”. Sus motivos los encuentra en una permanente crisis, una necesidad imperiosa, ese estado paradójico en el que el carro se cae a pedazos, y en estas condiciones no va a llegar a destino, pero como vamos atrasados, no podemos parar a arreglarlo.

Los que desestiman el ciclo soñador de idealización-planificación-implementación bien podrían desestimar la tecnología que utilizan para trabajar, y el arte que admiran, porque detrás de ellos sí que hubo soñadores, buscando hacer las cosas de otro modo. Pero también desestiman que si no se detienen nunca a arreglar el carro, ese destino que hoy da prisa, sencillamente no va a llegar. “Si no tienes tiempo para hacerlo bien a la primera, no vas a tener tiempo para hacerlo mal, y tener que arreglarlo todo después”, dicen por ahí.

La retórica anti-utópica ignora que la crisis es endógena, y no simplemente una “externalidad”: es aquella forma de coexistir entre las partes la que está haciendo crisis, y está crisis no va a dejar de estar a menos que nos detengamos a solucionar la lógica sobre la cual estamos coexistiendo.

Porque en el fondo, la retórica anti-utópica carece de otro importante concepto –uno que constantemente malinterpreta y desacredita: la ética. Hay una ética del soñar un mundo distinto, el imperativo de cuestionar permanentemente el mundo en el que vivimos, el cómo hacemos las cosas, el cómo nos relacionamos, en pos de buscar una forma mejor de hacerlo. Es la ética, y no la urgencia, la que nos pone la exigencia de que una persona que trabaja toda la semana no viva en la pobreza. De ahí, cómo llegamos a ello. La ética, y no la urgencia, la que nos lleva a recordar que no hay evidencia científica razonable que avale míseros 6 meses de pos-natal, y que por tanto está en nosotros ver cómo nos hacemos cargo de ese conocimiento que tenemos (la responsabilidad del que sabe, digamos), y cambiamos esa realidad.

Porque le recuerdo a los retóricos de la anti-utopía: la crisis nunca es para todos. La crisis se produce, una y otra vez, en la base de una pirámide, donde los bloques más altos se ven levantados por encima de una masa inferior que se torna más y más densa. La crisis es el más circular e infértil de los argumentos; el sistema nos plantea una urgencia que éste mismo produce, la cual debe ser atendida de manera urgente, para no poner en riesgo al sistema.

Para su solución, todo problema implica ubicarse en un nivel lógico distinto al del problema; por lo mismo, creo que hacen falta invitaciones a soñar.

——

Texto originalmente publicado el domingo 21 de octubre de 2013 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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