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Portarse mal

Eso de portarse mal…

Como sociedad nos encanta fijarnos en la conducta. La conducta, el cómo alguien se conduce, se maneja, se comporta, se autogobierna, nos parece simple y concreto, al ser una manifestación empírica, tangible, que podemos juzgar según determinada vara de comportamiento deseable. Las varas varían bastante, no obstante para cada quien parece tener la propia una suerte de universalidad, y hasta obviedad, dando permiso a declarar con toda seguridad que alguien es un “maleducado”, o que se porta mal, sin el menor temor a estar cayendo en etnocentrismos o arbitrariedades. Bueno, qué más da, si no podemos andar preocupados todo el día de caer en etnocentrismos y arbitrariedades.

Pero el punto es la fijación en la conducta. Nuestro lenguaje para hablar de los niños está plagado de referencias a la conducta; casi, diría, que está enteramente construido en torno a la conducta. No resulta extraño, entonces, que lo que cae en materia de crianza y psicología infantil, esté todo plagado de pautas o técnicas para manejar la conducta de los niños. Un “malcriado”, después de todo, se entiende comúnmente como un niño que “se porta mal”, o dicho de otro modo, un niño con una conducta indeseable.

Y la ley adulta, con sus varas y exigencias, y adecuada a los formatos más reduccionistas de la justicia ordinaria, por supuesto que no demora en desvincular a la conducta de su funcionalidad, o mejor aun, le reconoce solo un tipo de funcionalidad: la de acción motivada por la mala voluntad. Los niños pasan a ser una especie de genios malignos, motivados solo por sus intereses egoístas y arbitrarios, manipulándonos a los grandes para conseguir sus fines. Todo esto, sin necesidad de frotarse las manos y murmurar “excelente, porque eso solo lo haría más evidente.

Pero así como en política negar la ideología es una de las cosas más ideológicamente cargadas que puede existir, cuando hablamos de conducta caemos en una terrible arbitrariedad y sinsentido, al negar el sentido de la conducta y, en cambio, adjudicarle nada más que arbitrariedad a lo que es realmente una forma elemental de comunicación en los niños.

El delito –y la analogía no es antojadiza, desde que no es raro escuchar hablar de niños como “malulos”, “pillos”, u otros eufemismos para “delincuente” (hace poco escuché “pequeño delincuente”, no le jodo)- jamás puede reducirse a simple e individual maldad. Jamás. La justicia ordinaria buscará culpables y brindará con sus códigos determinado castigo tipificado, pero pensar el delito tan solo en esos términos sería como pensar que quien practica mucho gramática y ortografía será un gran poeta.

Los niños no son malos. Punto. Los niños no tienen más que las herramientas que van captando progresivamente de su entorno, para poder expresar sus necesidades emocionales. Y esas herramientas comienzan en el llanto, en el manejo de su cuerpo, de sus excretas, en sus ritmos de sueño, en las cosas que pueden alcanzar y romper, en el hermanito al que pueden tirarle el pelo, en fin, usted me va entendiendo…

Está en nosotros, los adultos, tener la capacidad de “leer” sus conductas y entender qué está ocurriendo emocionalmente con el niño, en lugar de dedicarnos a poner etiquetas y anunciárselas al mundo, imponiendo técnicas para modificar forzadamente lo que es más superficial en este escenario: la conducta. Y en el caso de los bebés, no puedo dejar de mencionarlo, por cierto que no podemos caer en esto; los bebés pequeños son en este sentido los seres más transparentes que existen: agarran y rompen cosas porque están aprendiendo a moverse y conocerse, y lloran porque necesitan algo vital de manera urgente: alimento, cuerpo, temperatura adecuada, etc.

Cuando nuestra pareja se comporta “raro”, lo primero que hacemos es indagar en qué está pasando con ella; quizá le ocurre algo que no nos ha podido expresar con palabras. Lo último que hacemos es ignorar sus emociones, y buscar una buena técnica para que vuelva sin darse cuenta a actuar exactamente como antes, ni la mandamos al psicólogo para que arreglen su “problema de conducta” y nos la devuelvan como nueva. Realmente, es muy pero muy mal visto tener técnicas para direccionar la conducta de otro adulto, sin mediar su voluntad, ¿cierto? Entonces, ¿por qué nos arrogamos el derecho a hacerlo con los niños?

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Texto originalmente publicado el domingo 27 de octubre de 2013 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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