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El lujo

El lujo es una palabra que ha tenido diversos significados e interpretaciones a lo largo de nuestra historia. Relacionado comúnmente con los objetos y experiencias, las expresiones del lujo varían de época en época, tomando distintas representaciones.

Desde la abundancia, hasta la acumulación, y la exclusividad, ¿qué es el lujo? A diario, coexisten visiones contrapuestas de lo que el lujo implica, encontrándose esfuerzos muy diversos por su consecución. Quizá lo más permanente en el lujo sea la exclusividad: pocos pueden gozar de ello.

Objetos de otros países, viajes inalcanzables, casas con más habitaciones de las que una familia puede utilizar, ropas hechas a la medida con finas telas, vehículos impagables, joyas, etcétera. Lo exclusivo, cómo no, se suele relacionar con altos montos de dinero; nuestra forma predilecta de lograr mecanismos fiables de diferenciación: pocos pueden pagar el lujo.

Sin embargo, hoy en día el lujo tiende a abandonar las formas exageradas de antaño. Los antiquísimos muebles, abundantes y exóticas cenas, mansiones y ropas acartonadas, dan lugar a objetos y experiencias sencillas y cómodas, que en un contexto de hiperindustrialización, sobrepoblación y contaminación, productos de nuestro exacerbado sistema económico, se han vuelto paradójicamente inalcanzables.

Hoy, el lujo es tener tiempo para estar con la familia, comer frutas y verduras “orgánicas”, y convivir con la naturaleza.  Es consumir productos hechos a mano, poseer objetos que tienen nombre; fíjese usted en las revistas de hogares y decoración, cómo las casas de los ricos están repletas de nombres: “éste es un sillón de xxx”, “la lámpara es de yyy”, “tres cuadros de zzz”.

Hoy, el lujo, lo inalcanzable, es más que tener demasiado, tener sentido. Tener tiempo para pensar e imaginar, para conversar con la familia y amigos. Comer alimentos con una probabilidad baja de estar envenenándonos en cada bocado. Poder conocer de cerca la naturaleza, en lugar de estar encerrado en la árida ciudad.

Fíjese bien, hoy, el lujo es lo –tradicionalmente- gratuito. Los ricos tienen tiempo, frutas del árbol, espacios públicos hermosos. Los pobres viven trabajando, porque sus horas de trabajo parecen tener una valorización infinitamente menor, y para poder subsistir no les queda otra que volcarse a trabajar todo el día. En los barrios pobres no hay árboles. Con suerte hay algo de maleza, nada de verde para ver, y sus plazas son pequeños y maltrechos escenarios para la delincuencia. Los pobres no tienen acceso ni a comida sana, ni a objetos desarrollados por seres humanos.

Hoy, lo barato y disponible es la comida chatarra, y la artesanía resulta demasiado cara. Más accesible es el mobiliario y arte hecho en enormes fábricas, en grandes números. A tal punto de que más que arte, lo que tenemos es un triste ocupa-espacio sin ninguna identidad. En los hogares más pobres nunca falta el gran televisor, símbolo de un lujo pasado de moda, que ya no es lujo, pero en cuya compra esa familia sí que invirtió lo más preciado de su esfuerzo. Los ricos dan por sentado la “tele”, a veces ni siquiera teniéndola. Con acceso al cine y al teatro, la inmunda televisión abierta, disponible para los pobres, no haría sino malgastar su atención. En su lugar, malgasta la atención de los pobres, bombardeándolos con publicidad de vacuos objetos, y con contenidos carentes de contenido.

A lo que hemos llegado, hay que detenerse a verlo, que hoy todo aquello que estuvo alguna vez a la mano es inalcanzable excepto para algunos, y que en el cómodo y sencillo lujo de aquellos, se reflejan las miles de vidas que sencillamente no tienen ni tiempo ni oportunidad para conocerlo.

Cómo podemos pensar en mejorar la calidad de vida de todos nuestros compatriotas, si solo algunos niños tienen tiempo y lugar para jugar e imaginar; si solo algunas madres y padres tienen el –ahora- lujo de poder criar a sus hijos ellos mismos, alimentándoles con leche materna y con el cariño de sus progenitores; si relegamos a la mayoría a comer, pero jamás alimentarse, lo cual más temprano que tarde los sumirá en tener que atender problemas de salud ocasionados por este “estilo de vida”.

¿Cómo podemos dejar de mirar esta problemática? El deseo de diferenciarse quizá siempre estará, ¿pero por qué hemos transitado desde la caricatura del aristócrata, lleno de cosas ostentosas que no necesita, al  hecho de que vivir de manera saludable sea el más inalcanzable de los lujos? La pregunta es de orden ético: formas de vida sanas, ecológicas y alegres, no pueden considerarse sustentables, si dependen de que la gran mayoría viva en la autodestrucción.

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Texto publicado originalmente el domingo 3 de noviembre de 2013 en El Magallanes/La Prensa Austral.

Foto: Andrés Harambour http://www.aharambour.com

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