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No estamos educando bien a los niños

Debemos ser, a nivel global, uno de los países más enfrascados en el rollo de la excelencia. Me atrevo a decir esto. De todos esos grupitos de países con acrónimos rimbombantes, bien podríamos encabezar el de la EOCE: Estados Obsesionados Con la Excelencia; y en ése sí cumpliríamos realmente los requisitos básicos para pertenecer (sí, me refiero con esto a nuestra vergonzosa farsa de ser parte de la OCDE).

El SIMCE, caramba, el SIMCE. Quizá el ejemplo magistral de aquella vieja máxima chilena de copiar las peores ideas, que han sido contraproducentes en otras naciones, las pruebas estandarizadas para medir la calidad de la educación y -dios santo- utilizarlo como argumento publicitario para comparar colegios en un verdadero mercado de servicios, nos debería dar vergüenza. Deberíamos convocar una conferencia de prensa masiva para excusarnos, para explicar cuánto nos hemos equivocado.

Pero luego los niños entran también en la paranoia de las notas, teniendo cuatro años, que comienzan cuando los niños están en plena edad de jugar a la pelota y quizá tratar de conseguir una polola, para acumular un rendimiento que será de suma relevancia al momento de ver qué hacen después del colegio, el cual bien podría determinar el resto de su vida. Sí, quizá relevar este famoso “ranking” sea una mejora por sobre la situación actual, pero si me piden opinión, esto de las notas, de las pruebas, de la estandarización del conocimiento y el aprendizaje, está mal de raíz, y no dejará de ayudarnos a cavar más y más hondo nuestro hoyo.

Porque nuestra obsesión por la “excelencia”, que es nuestra obsesión por las notas, no nos trae adultos capaces. Nos trae adultos estresados y cansados, frustrados y competitivos. Adultos obedientes y asustados. Toda una vida de “pruebas”, ¿en qué momento se puede hablar de sueños y aprendizaje? ¿De creatividad y desarrollo de la propia iniciativa? ¿A alguien le importa realmente, qué quieren hacer esos niños?

En Argentina salí del colegio y entré a la universidad con una entrevista. Sí, una entrevista: hablé con una señora durante una hora, explicándole por qué me interesaba estudiar sociología, y cuáles eran mis planes para el futuro. ¿Ven la pauta? Hablamos acerca de mí, de mis intereses, de mi futuro. Nunca fue tema “¿con qué promedio saliste del colegio?”. Nunca hubo que rendir una prueba que determinaría mi futuro en un solo día –y cuando la hay, no es una estandarizada para toda la nación-, ni acumular mis notas de esos cuatro años en los que más me interesaba más experimentar y desarrollar habilidades sociales que estudiar en qué año San Martín se bajó del caballo por primera vez. Mis compañeros, de distintas provincias y niveles socioeconómicos, entraron todos así. Estudiábamos en grupos, y nos pasábamos todos los recesos discutiendo lo que veíamos en clases, pensando siempre en lo que veíamos “afuera”. Algunos tenían mejores notas, otros peores; nos ayudábamos todos, y a nadie le importaba el numerito que le escribían en el papel. Pero la diferencia es mayor que una cuestión de interés: mis compañeros no le tenían miedo a las pruebas y a las notas.

Estos locos argentinos, ¿no? Existen estudios que estiman que un chileno en edad laboral tiene un vocabulario básico de unas 800 palabras, mientras que un argentino unas 1.600.

No es casualidad. ¿Tiene usted tiempo para leer? O, permítame mejorar esa pregunta: ¿Tuvo usted, durante su niñez, tiempo para leer? ¿Fueron sus intereses animados, permitiéndole ahondar en ellos, legitimando sus sueños? ¿Siente usted el derecho de interesarse por aquello que –por más rebuscado y obscuro que sea- realmente le atrae? Y ya que estamos en esto, ¿qué cree que es más importante, ser uno mismo o “portarse bien”? ¿Todavía no vemos la relación entre esa pregunta y las anteriores?

Nuestra obsesión por la excelencia es enfermiza, y de todo menos excelente. Es una obsesión por una competitividad que no trae rendimiento positivo alguno. Es una maquinita de segregación social y construcción de desigualdad desde la cuna. Es convertir el aprendizaje en industria, y esa industria en un negocio. Es olvidarnos de que quien verdaderamente destaca no es a quien más pruebas se le han hecho, sino quien ha sido capaz de encontrar aquello por lo cual tiene un fuego eterno de interés por perfeccionar a lo largo de su vida.

A mí me importan un rábano los estándares, certificaciones, y acreditaciones internacionales, si seguimos pensando en la escuela como una fábrica.

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Texto publicado originalmente el domingo 10 de noviembre de 2013 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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Un pensamiento en “No estamos educando bien a los niños

  1. .Personalmente creo que es lamentable nuestro sistema actual, en realidad no creo que falte mucho para hacer un SIMCE en kinder , estamos formando personas COMPETITIVAS,EGOÍSTAS y SIN VALORES, ¿ hasta cuándo los alumnos(as) pasarán de ser solo una nota ?, todos/as tienen capacidades y habilidades distintas y esa es la base como docentes para empezar el trabajo con los pekes!! ¿educación de calidad? , para eso debemos reestructurar todo el sistema!! hay personas que estamos comprometidas con la educación somos pocos pero hay!!!..CHAO SIMCE, CHAO PSU, ¿ADIOS NOTAS?, debemos buscar URGENTE otros sistema para evaluar…

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