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Descargarse y nada más

Cada tanto nos aparece otra noticia horrorosa. Y a falta de conversaciones de pasillo, las redes sociales se han convertido hoy en el medio para expresar nuestro rechazo a tal o cual hecho, en las formas más enérgicas que se nos ocurre traspasar al texto. Desde opiniones al aire, hasta comentarios en portales de noticias, artículos compartidos, llamados a organizar “funas”, etc.

La noticia toma fuerza, y los medios de comunicación –especialmente los locales- dedican numerosas líneas, durante varios días, a relatar la crónica policial, agregando los detalles más rebuscados, formulando las más diversas líneas de simplista causalidad.

Obviamente, el rechazo a lo sucedido es unánime. ¿Quién no repudia, acaso, un infanticidio? La palabra misma es horrible, y leerla o escribirla me produce una sensación incómoda.

Como cada año, en el presente hemos tenido que lamentar horribles crímenes cometidos en contra de mujeres en Magallanes. Se trata de hechos indescriptibles, despreciables, horribles. Sin embargo, ¿qué hacemos? Pues, medios de comunicación, individuos, comentaristas, todos, descargamos nuestro impulso de rabia, manifestándonos en contra del perpetrador. Sin embargo, tengo la responsabilidad de preguntarme: ¿por qué hacemos esto? ¿Por qué hablamos, sin parar, de cuánto despreciamos a aquel individuo?

Tristemente, creo que lo utilizamos de chivo expiatorio. Al concentrar todo nuestro odio, rabia y desprecio en un depositario común, unánime, obvio, nos descargamos de toda esa violencia que llevamos nosotros mismos. Por contraste a este ser despreciable, nosotros somos buenos. “Jamás” seríamos capaces de algo siquiera similar. Y, bueno, esto puede ser efectivamente así, pero al enfocarnos de tal manera frente a los hechos, realmente no cambiamos nada.

Creamos un monstruo, construyendo una historia donde todos los detalles son organizados de tal modo de llevar a que ese individuo pasa a ser esencialmente distinto a nosotros, separándonos completamente de la posibilidad de parecernos a él. Individualizamos, una vez más, un problema de violencia que es complejo, difícil, pero sobre todas las cosas, extremadamente social y compartido. Depositamos todo lo asqueroso en un solo individuo, y nos libramos de tener una conversación honesta con nosotros mismos, respecto a cómo replicamos día a día –aunque sea de formas quizá infinitamente más suaves o sutiles- la violencia que ese individuo condensó en un hecho horroroso.

¿Qué se logra con esto? Descargarse y nada más. No hay cambio social, no hay reflexión; solo hay un monstruo y sus circunstancias –si es que. Y realmente, con un crimen de “alta connotación”  simplemente se nos hace más sencillo este trabajo. Pero lo hacemos a diario, individualizando la delincuencia, la corrupción, la violencia. Gritamos por “justicia”, para que se castigue al monstruo, y el mundo vuelva a estar tan bien como estaba.

Es que es más fácil. Pero el mundo no estaba bien; eso no cambia. Y luego de descargar nuestro arranque de rabia, ya no sentimos la necesidad de cambiar nada.

—–

Texto publicado originalmente el domingo 24 de noviembre de 2013 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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