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Andar en moto, andar en moto, es de lo mejor, es de lo mejor

Será que una combinación entre un bajo presupuesto, y un gusto poco razonable por motos que tienen casi mi edad me ha puesto en una situación privilegiada para afirmar esto, pero…andar en moto no es fácil.

Andar en moto nunca puede ser algo casual, no importa qué muestren las películas. Sí, divertido. Sí, sensación de libertad. Sí, atractivo, sexy, bla bla bla. Las motos pueden representar muchas cosas; pero todo quien lleve algunos años y kilómetros a cuestas sabe que uno más temprano que tarde se convierte en una especie de mecánico/maestro chasquilla, adolorido, acalorado, lleno de bichos, y hediondo a bencina, aceite, humo, o…calle; simplemente todo aquello que queda en el cuerpo y en la ropa por convivir con el tránsito cotidiano sin carrocería, pinitos aromatizadores, ni aire acondicionado.

Nunca es casual andar en moto. Los que estamos conscientes de verdad de lo expuesto que se está andando en moto –y no simplemente del trillado “es peligroso”, sin haberse subido nunca a una-, tenemos como mínimo un ritual de unos 5 minutos en los que uno se viste lo que es literalmente una armadura. Esa imagen de la cara y el pelo al viento, es la imagen de un boludo; en una simple ida y vuelta a Fuerte Bulnes, llego a mi casa con 10 bichos pegados al casco. No recomendaría ir a cara pelada.

La moto tiene sus orígenes en la bicicleta, por supuesto, y sigue ligada a ella en dos importantes sentidos: tener dos ruedas y una total exposición a los elementos. La primera implica que en general el área de tracción, de neumático aplicando fuerza al asfalto, es  más o menos del tamaño de una moneda de 100 pesos. El mero pasear en moto no existe realmente; todo motociclista debe, por una cuestión de subsistencia, adquirir técnica y habilidad para manejar bien su vehículo. Su vida depende de ello. Y es, en realidad, una de las grandes bellezas del motociclismo: uno practica, mejora, y se va volviendo experimentado en esto que es un verdadero arte. Ese momento en el que estás logrando una curva perfecta es un momento mágico, que sabes que te has ganado a punta de aguantar todo lo anteriormente descrito, y de esforzarte de manera intencional y consciente por ser un mejor piloto.

Lo segundo implica que andando en moto eres participe directo del contexto que te rodea. Los olores y colores, los sonidos, los leves cambios de temperatura, y la intensidad del viento, todo te afecta de manera directa, como nunca podría afectarte mientras vas en un auto. Entonces, puede ser maravilloso, como puede parecerse a una tortura. No importa cuántos parabrisas altos inventen, calienta-puños, chaquetas térmicas, cascos aerodinámicos, ni trajes de cuero ventilados: andando en moto pasarás calor y frío, y te mojarás. Sentirás un goce inigualable, y sentirás vértigo y miedo. Puedes ir subido en una MV Agusta F4 RR o en la más enorme de las BMW de turismo que existan en el mercado, pero pasarás cerca de un camión y te salpicará agua sucia y piedras, y si se te cruza un Suzuki Maruti por delante, más vale que alcances a frenar. Andar en moto te expone.

Pero no solo tú eres vulnerable; el diseño de la moto, como concepto, es una locura por donde lo mires: un motor desproporcionadamente grande y potente para el peso total del vehículo, un basculante para ubicar la rueda trasera, y una horquilla para la delantera, algo donde sentarse, y algo con qué controlarla. Todo pequeño, expuesto, junto. Es un desafío para la ingeniería y para la sensatez: el combustible queda ubicado justo encima de una caja metálica donde tienen lugar miles de explosiones controladas por minuto, solo separado, a la vez que conducido por una serie de mangueritas y agujas. Todo es pequeño y fabricado para ser liviano. Todo es frágil.

No hay una sola moto en la que he andado más de tres veces, que no haya tenido que empujar, o escudriñar impacientemente a un costado del camino, en alguna o varias oportunidades. El olorcito a gasolina, o aceite, el humo y sus distintos tonos, o una vibración extraña, son una permanente amenaza. Todo lo que hace esa máquina, como si se tratara de un ser vivo, se convierte en un potencial indicador de algo. Y todavía ni estamos andando…

Pero todo esto conspira para hacer de andar en moto algo que nunca se podrá describir. Sus maldiciones son también sus bellezas, porque la vida ya tiene suficiente de aburrimiento y falsa sensación de seguridad, de determinismos y reglas.

Andar en moto, en cambio, es una tontera. Es hacer las cosas del modo difícil, incómodo, de la forma entretenida. Andar en moto,… es de lo mejor.

—–

Texto publicado originalmente el domingo 1 de diciembre de 2013, en El Magallanes/La Prensa Austral.

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