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Un cuento con la ropa

Parto con una confesión: yo no sé de ropa. De estilo. De moda. Qué se yo; no tengo “buen gusto”. Pero no lo digo en un sentido escolástico, o teórico; obviamente a lo largo del tiempo, con un estudio más, o menos consciente, he ido aprendiendo acerca de los “códigos” de vestimenta, intentando por supuesto dejar de lado la extrema relatividad cultural de dichos términos. Y desde luego que, voluntad y presupuesto mediante, los sigo con cierta cercanía.

En realidad yo sé que –quién sabe “realmente” por qué es así, pero- no es aconsejable vestir una camisa rosada a un funeral “tradicional” en Chile.  Sin embargo, este saber proviene casi exclusivamente del ámbito de la observación sociólogica: yo no siento los desajustes estilísticos de ropa. Yo que alguien, en determinado contexto, puede estar en tono o en disonancia según la forma de vestir, pero no soy capaz de verme realmente afectado por ello. Pero, ¿acaso a alguien le pasa? ¿Acaso es parte de la naturaleza humana, de su filogenética, el ser movido por la estética, o el estilo, en determinadas direcciones? ¿No será que para todos esto es un asunto siempre consciente, relativo al conocimiento?

Después de todo, más que un concepto abstracto de “sociedad”, son las escuelas de de estilo, de estética, algunos de los ámbitos de condensación de pensamiento más conservadores con respecto a sus propios preceptos. -Vieran las acaloradas conversaciones de sofá que se dan por decidir si determinada moto puede calificar o no como café racer– indicando que la mantención y evolución del “gusto” obedece más a una lógica coercitiva/productiva, que a una espontánea.

Joan Rivers parece convulsionar cada vez que se presenta un caso de “fashion emergency” (emergencia de moda), o algo por el estilo, en determinado evento de alfombra roja. (“Alfombra roja”…he ahí otro concepto estético) Pareciera que su buen gusto, su refinado estilo, el cual parece brindar una inusitada fuerza a sus palabras, con total desparpajo,  y no debiéndose éstas al mero “ser cara de palo”, son un talento innato y espontáneo, que puede compartir con los demás. Pero, ¿qué es el gusto, en realidad, si no una práctica? El gusto tan solo puede emerger en la elección, en su actuar, es decir, a través de la acción de mostrar el propio gusto. El gusto es, finalmente, una conducta, y toda conducta es relativa.

Ya no me va pareciendo tan inusual, el no sentir el gusto. Pero, su rendimiento social no mira con relevancia el asunto de la naturaleza de la consideración: si es espontánea, o si es intencionada, da igual, mientras el gusto sea practicado. Y esa práctica trae consigo el peso de la historia. Porque el corbatín no lo inventaron el año pasado…

Y por supuesto, acercándonos al aspecto genealógico de la estética en el vestir, no podemos sino remarcar su relativismo, o contingencia. Pero la gracia de toda normativa es que pretende borrar de sí misma todo rasgo de temporalidad: si a cada instante tuviéramos presente que la Constitución no era la misma hace tan solo 30 y tantos años, miraríamos con ojo más crítico dicho documento, y bueno, que si está ocurriendo esto hoy.

Y ahí volvemos a la práctica, al uso de la estética: al ejercicio del gusto. Y ese ejercicio comienza a cruzarse con variables socioeconómicas, raciales, culturales, políticas. ¿Por qué es –aquí y ahora- elegante colgarse un pañuelo recto y alargado, al usar camisa blanca, bajo una chaqueta oscura? ¿De dónde viene esa elegancia? ¿Qué prácticas sociales determinaron la evolución del “traje”? Nuestras costumbres más soberanamente obvias y mundanas esconden una historia que jamás es casual, inocua o irrelevante.

Este breve recorrido nos devuelve, finalmente, a la circularidad de toda práctica social: resulta imposible separar, más que en abstracciones simplistas, la normatividad de la práctica, y el sentir de la intencionalidad. Y con la ropa, es el mismo cuento.

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Texto publicado originalmente el domingo 8 de diciembre de 2013 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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