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Para algunos es cinismo, pero creo que nada de malo hay en reconocer la histórica relatividad en los rituales, y aun así celebrarlos y disfrutarlos. Y en este sentido, la Navidad es ejemplar; sus orígenes pueden remontarse hasta Babilonia, según la teoría que se estudie, y pasan por todo tipo de prácticas paganas, de distinta connotación y origen, para ir construyendo todo el paquete simbólico navideño que conocemos hoy: desde el Yggdrasil, árbol que simbolizaba el Universo para los nórdicos, y cuyas representaciones decoraban para honrar el nacimiento de su dios del Sol alrededor de estas fechas; pasando por las Saturnales romanas, fiesta pagana por excelencia, que incluiría desde regalos a los amigos y horizontalización radical de las relaciones entre amos y esclavos –al menos por unos días-, hasta sacrificios humanos y humillación pública de judíos celebrada por el Papa de turno (y consumo de galletas con formas humanas, ojo con ésa), según el autor que se consulte; para llegar finalmente a que el departamento de marketing de Coca-Cola terminara de determinar que el “viejo pascuero” viste siempre de color rojo.

No hay que sorprenderse demasiado; hasta el más cristiano reconoce fácilmente que el 25 de diciembre llega como fecha de nacimiento de Jesús por lo conveniente que resultaba homologar esta festividad a los ritos paganos de aquellos a quienes cabría convertir, y no precisamente porque Cristo haya nacido efectivamente ese día del calendario. Los doce apóstoles, la Virgen María y su hijo, el símbolo que usted elija tiene una historia rastreable a ritos y cosmovisiones anteriores. La cultura evoluciona permanentemente, y aunque sea por el mero intercambio cotidiano entre personas de distinto origen, el sincretismo religioso es francamente inevitable.

Pero, el punto es que no importa. No importa que en todo el enredo histórico, al cual sin duda hay que sumarle las oleadas de campañas de marketing navideño que convierten hace años estas fiestas en el festival de consumismo que tanto criticamos –y obedecemos fielmente-, sea difícil situar de una vez por todas EL significado original de la Navidad. No importa, porque los humanos no funcionamos así. Si algo se puede deslindar de los milenios transcurridos, es que el ser humano no necesita Verdad para seguir con su vida: necesita sentido. Necesita creer, celebrar, crear símbolos y honrarlos. Necesita establecer tradiciones y mantenerlas. Necesita convivir entre cosmovisiones que parecen muchas veces contrapuestas. Necesita sentir que sabe por qué hace las cosas.

Mucha gente utiliza la palabra “magia” en esta época. La magia de la Navidad. La magia del cuento del viejito pascuero. El ambiente mágico que genera todo este rojo, verde, blanco y dorado, los renos narigones, el muérdago, las galletitas de jengibre, las campanitas y villancicos, incluso la nieve -aquí donde habría que entrar a preocuparse si nieva un 25 de diciembre. Y la magia funciona así: crees en ella y tiene efecto; si no, es un truco, un montaje, un simulacro. Magia y simulacro son sencillamente dos caras de la misma moneda; nadie necesita que un viejo disfrazado le entregue objetos, pero hacer las cosas así nos parece divertido, diferente.

Y en esta diferencia, muchos viajamos por este largo país para juntarnos a comer, al menos esta vez en todo el año, e intercambiar regalos. Ahí, juntarse al menos esta vez en todo el año, ahí está el sentido de la Navidad.

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Texto publicado originalmente el domingo 29 de diciembre de 2013 en El Magallanes/La Prensa Austral.

 

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