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¿Qué es lo que hace a uno sentirse parte de la tierra? Identificarse, añorar, arraigarse emocionalmente. No sucede esto con todo lado, ni aun cuando un lugar cumpla con las características que sumamos a una lista de perfectos entornos. ¿Es el recuerdo, la memoria, las imágenes de niño y los olores con varios años? No necesariamente, aunque sin duda que esto es piedra importante en el monumento interno al terruño. Muchos han venido de cerca y de lejos, con sus experiencias y costumbres extranjeras, con memorias y familias, amigos y alegrías, y aun así se han enamorado de esta difícil tierra.

Creo que lo difícil yace por ahí, en la razón de las raíces. Magallanes es la tierra romántica, la tierra de aventura, la solitaria naturaleza difícil. Magallanes es el árbol que crece como el viento. Magallanes es el frío que cuesta creer. Magallanes es el día que se alarga inescrupulosamente, para luego acortarse tanto que nos propone largas reuniones frente al fuego. Magallanes es el clima vacilante; es aquel sol esquivo, esas nubes emperadoras. Magallanes es esa luna grande, tan grande que se siente pesada, y quiere descansar en las suaves aguas del Estrecho. Pero Magallanes está también en esas aguas engañosas, que han dado falsa confianza a muchos así como a la luna.

Magallanes es el extremo del mundo. Es una aldea nevada, con olor a leña, una dentadura de montañas, y la belleza indómita de la selva. Es también una ciudad cosmopolita, turística, diversa, que conoce la modernidad, toma de ella lo que gusta, y desecha sus excesos.

Magallanes es la realidad de su frío viento, cual forma a las plantas, tal como a los hombres y sus construcciones. Es realidad que agota las permanentes simulaciones que se dan en el ocio del clima templado. Es realidad que convoca y une, es una ventana a otras formas de evolución social y natural. Magallanes, con su repentina bocanada de aire helado y fresco, es una ventana. Magallanes, es la favorita de mis ventanas.

No importa cuán lejos camine, vuele o nade, permanecerá en mí el resplandor de Magallanes y su gente. Permanecerá en mí el recuerdo del viento, y la calma de sus madrugadas de pleno sol de verano. Y será, por siempre, aquel terreno que mi alma necesitará volver a ver.

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Texto publicado originalmente el domingo 5 de enero de 2014 en El Magallanes/La Prensa Austral.

Foto: Río Verde, por Andrés Harambour http://www.aharambour.com

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