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Hace unos días vi por ahí en Internet algo acerca del sufrimiento de los gansos a los cuales se les extrae las plumas para armar esos milagrosamente cómodos cojines y plumones de cama. La información venía acompañada de una frase del tipo “todo tiene huella”. Y qué cierto es.

Todo tiene “huella”. Sencillamente, muchas de esas huellas permanecían más fácilmente ocultas en épocas anteriores. Ya está recontra dicho, que esta es una época en la que se acabó el problema de la escasez de información, para entrar en la problemática de tener que seleccionar entre la desbordante cantidad de información disponible, a la mano, para lograr una operatividad satisfactoria. El asunto es que nunca se trata de meros datos o información según los cuales orientamos fríamente nuestra acción; la información que recibimos nos va planteando casi a diario nuevos dilemas de responsabilidad de conocimiento: “ya lo sabes, ahora no puedes hacer como si no existiera”.

Los productos tan baratos que es imposible no dudar de las condiciones sociales en las que fueron producidos; la forma en que se producen las frutas y verduras que consumimos; la industria de la carne; lo contaminante que resulta nuestro uso cotidiano de la energía; el daño medioambiental de nuestra vida moderna; la extrema desigualdad que subyace a la aparente riqueza y cercanía al desarrollo de nuestro país, etc.

A través de nuestras acciones estamos siempre impactando la vida de otros, a veces de forma más directa, y otras, de forma más difícil de identificar. Pero, en general, esto no es un tema de conversación que le agrade a mucha gente; a veces parece más sencillo no pensar en ciertas cosas. Lamentablemente para quienes no quieren pensar en esto, el actual acceso a información dificulta cada vez más el “no calentarse la cabeza”, y cada quien se va viendo empujado a hacerse preguntas importantes respecto a cómo se desenvuelve en la vida.

Y creo que es algo positivo, finalmente, ya que nos da la oportunidad de hacernos un poco más observadores, un poco más conscientes respecto a nuestro actuar. Podemos, con cada tema, ir avanzando en niveles de consciencia, por así decirlo, y reflexionar progresivamente, pasando del impacto personal, al impacto sobre mis familiares cercanos, mis amigos, mis colegas y conocidos, mi país, mi especie, la naturaleza, qué se yo, cada quien tendrá sus límites. Pero la reflexión será dura, porque se moverá siempre en el terreno del dilema: a través de la indagación en los impactos de nuestras acciones, inevitablemente llegaremos a conclusiones incómodas respecto a cosas que acostumbramos a hacer, o por ejemplo, respecto a personas que admirábamos.

¿A dónde nos lleva esto? No lo sé. Es un eterno dilema, no puede ser fácil. Muchas de nuestras formas de vida, nuestras pautas de comportamiento, nuestros hábitos, nuestra mera existencia en determinado territorio, dejan huellas susceptibles de ser rastreadas. La única forma de trascender al dilema estaría en el extremo que queda ilustrado con el caso de los monjes jainistas, quienes en su camino al total desapego de la realidad material y la evitación del impacto, hasta usaban mascarillas para evitar inhalar accidentalmente algún insecto pequeño al respirar.

No creo necesario llegar a esto, ni vivir una vida sin impactos. Pero sí, animar a la producción de dilemas, a la reflexión en torno a éstos, a repensar nuestras acciones, siendo honestos con la información con la que contamos. Nunca es tarde.

——

Texto publicado originalmente el domingo 19 de enero de 2014 en El Magallanes/La Prensa Austral.

 

 

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