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Al igual que muchísimos padres, yo no tuve posnatal cuando nació mi hijo. De hecho, daba la casualidad de que me había quedado sin trabajo un mes antes de su nacimiento, y había encontrado una pega para aguantar un poco, la cual empezaba precisamente el 11 de octubre: día en que llegó el Ignacio.

Ese día estuve a punto de ir a trabajar, porque las contracciones que comenzaron esa madrugada no parecían predecir un parto a tan solo un par de horas. Pero bueno, qué saben dos padres nuevos de contracciones…

Por suerte no fui ese día a trabajar, pero la verdad es que me decepcionó un poco la forma en la que se tomaron la “noticia” en mi entonces-futuro trabajo, como diciéndome “bueno, falta hoy,…pero tampoco es que TÚ estás teniendo el hijo” .

Hoy, ya son casi dos años y medio desde ese día, y nuestra situación es muy distinta: escribo esto sentado junto a mi hijo, un día hábil, en casa, justo después de haberle preparado –y dado- el desayuno. Y no, ¡no estoy desempleado! Me siento una de las personas más afortunadas del universo, y probablemente estoy en ese listado. Tengo mucho que hacer, pero qué privilegio poder estar cerca de él.

La sociedad moderna ha ubicado a la crianza de los niños, desde los albores del trabajo como lo conocemos hoy, en una posición absolutamente marginal. Más aun en países como los nuestros, donde todavía apenas celebramos un posnatal de casi 6 meses. Estamos acostumbrados a jornadas laborales larguísimas, en general, injustificadamente largas y alejadas del hogar, muchas veces con dos padres que tienen que trabajar –cuando son aún pareja- para poder hacer algo de la combinación de sus salarios, y…¿los hijos cuándo?

Sencillamente no hay tiempo, porque la crianza se ve encapsulada en esos espacios de tiempo absolutamente marginales y que cualquiera tildaría de “tiempo libre”. Como sociedad más o menos notamos que hay un problema, que hay muchos niños absolutamente desamparados en términos de cercanía con su madre y su padre, y para ello comenzamos con soluciones parches si las hubo: por ejemplo, ampliar la educación preescolar.

Claro, lo entiendo, hoy es necesario: muchísimos niños necesitan ir al colegio para que alguien los estimule, para que alguien les enseñe a compartir con otros, para que alguien les enseñe a leer, a jugar, para que alguien sencillamente los cuide mientras los papás trabajan, y les dé almuerzo porque en la casa simplemente no alcanza.

Pero, ¿se dan cuenta de lo mediocre que es nuestro planteamiento del problema? En lugar de cuestionarnos el modelo en el cual desarrollamos nuestras vidas -donde nuestro tiempo es tan subvalorado, que no tenemos horas para criar a nuestros hijos, nosotros, en primera persona, con cercanía física y emocional, con cotidianeidad y ejemplo-, nos conformamos con soluciones parche, que no hacen sino adaptar a la fuerza al ser humano, a las propias condiciones artificiales que éste ha construido. Es una soberana estupidez: no hay NADA más importante que los niños. Nada. Nada más importante que las personas, y especialmente estas nuevas personas que serán quienes vivirán en este mundo cuando ya nos seamos los demás más que recuerdos.

Usted que lee esto, probablemente me dirá “pero eso es fantasía, a mí me gustaría estar en la casa más tiempo, pero yo me veo obligado a trabajar todo el día para alimentar a mi familia”. Es absolutamente cierto lo que dice, pero le diré otra cosa: su dolor es legítimo. Esa tensión en la que se encuentra, ese “me veo obligado”, no solo le ocurren a usted, esta es una problemática social, un enorme cabo sin atar, un obstáculo para que seamos alguna vez un “país desarrollado”. Y si queremos ser una ciudadanía responsable, más vale que reclamemos por una solución real al problema.

Esto no es para hacerle sentir “culpable”, ni para decirle “¿ve? Hágase cargo de sus hijos?”. Esto es para que se dé cuenta de que si hay una causa legítima, por la cual vale la pena indignarse, es la vergonzosa marginalidad de la familia en el modelo actual de producción. Y vea la paradoja: los más acérrimos defensores del modelo son los que más se llenan la boca hablando de la importancia de la familia. Pero claro, fácil es hablar de ello cuando esta problemática no les afecta, y su concepto de familia se reduce simplemente a una estructura del año de la pera, una foto de Navidad perfecta.

Pero no, señores, nosotros queremos algo real: el espacio social, y las condiciones, para poder efectivamente, y no como mero discurso moralista, hacer familia.

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Texto publicado originalmente el domingo 2 de febrero de 2014, en El Magallanes/La Prensa Austral.

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