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Hoy no les hablaré del Dakar –aunque no se puede hablar suficiente de la carrera del “Patagón” Gallegos, o de la proeza de Casale, ni del infortunio de Chaleco López y Jeremías Israel…-, y tampoco les hablaré del MotoGP, ni del WSBK, ni del circuito mundial de MX o enduro. No, porque para informarse del pináculo del deporte motor, las fuentes abundan.

Yo quisiera suponer, en cambio, que esta columna la leerán personas cuyos ingresos no provienen en su mayoría de arriesgar la vida mientras llevan al límite las potencialidades del vehículo más genial que el ser humano ha inventado –descalificado el auto que diseñó Homero Simpson, por obvias razones: la MOTO. Me refiero a ustedes, que lo hacen gratis, o mejor dicho, en permanente déficit: pagan por subirse a la moto.

A ustedes quiero escribir, siendo yo uno más; uno de aquellos por los que poca gente daría un “mango” por ver andar en moto, y cuyos familiares más bien guardan una oculta y pequeña, pero profunda esperanza de que se aburran de una vez por todas de la tontera.

Y, permítanme la siguiente pregunta, que dará inicio a lo que espero sea una próspera relación amistosa por correspondencia, con el inicio un tanto unilateral que plantea el hecho de que yo escribiré la columna, y usted la leerá: ¿Qué es la moto?

Evolutivamente hablando, pongámonos serios, la moto es aquella mano empuñada, con todos los dedos guardados hacia el rostro excepto el tercero, que apunta directo a la típica foto de Charles Darwin, el teórico más célebre de la evolución de las especies. Evolutivamente hablando, la moto no tendría ya que existir. Ya hay, y quizá siempre lo hubo, vehículos técnicamente superiores, y más prácticos, y más económicos, y más cómodos, y más capaces de llevar un acompañante, y más calientitos, y con equipo de música y cenicero. Ahí me verán, con mi 0-100 km/h de poco más de tres segundos, pero carajo, saliendo de la luz roja anticipo tres hoyos en la calle, un poco de gravilla sobre el pavimento, y ese boludo, ¿va a cruzar la calle, o no? Y vmmmm, con ese pusilánime silencio de motor de los autos modernos, me pasan todas las señoras en sus cómodos autos familiares, mientras sintonizan una romántica en la radio. Y yo, vestido con mi pesada chaqueta de cuero, mis calurosas botas reforzadas y guantes largos de cuero, soy la perfecta imagen de un piloto de carreras preocupado de no abollar una llanta.

Ah, pero dadas las condiciones…

Y sin las condiciones también. Porque la moto no tiene sentido. En Francia ya han limitado la potencia de las motos a 100 caballos de fuerza. Y claro que nos quejamos, a pesar de que toda moto potente que sale al mercado hoy viene con tanta sofisticación electrónica de control-de-potencia-para-no-morir-de-inmediato como para empezar a entender que alguien nos está cuidando de nosotros mismos. La moto no es un medio de transporte, ni es una necesidad. La proliferación de vehículos de dos ruedas en países “en vías de desarrollo”, nos muestra que para transporte y necesidad existen las motonetas. Y algunos de sobrado tiempo han calculado que hasta sale más barato andar en auto que andar en moto, guardando ciertas proporciones. La moto es un lujo, un estúpido lujo.

Pero nosotros somos hombres y mujeres que vivimos para este lujo, para subirnos a una moto a seguir un flaco sendero entre los árboles, subir un cerro que un rato antes parecía imposible –y luego, tener que bajarlo-, juntarnos con amigos a disfrutar de nuestras desproporcionadamente pequeñas motos que conservan apenas el chasis básico para reconocer el modelo original, buscar esos esquivos km/h en una recta solitaria, “perderse” por horas en el camino más largo posible hacia el supuesto destino, y pasarnos tardes enteras en el garage, persiguiendo un misterioso problema eléctrico.

No hay nada como andar en moto. Y la sensación de complicidad que involucra desde el repartidor de pizza que acelera un poco más de la cuenta, hasta el piloto de MotoGP parado en el podio, es la de compartir este insensato gusto. Todo lo que está entre medio son meras condiciones de posibilidad para esa buena andada, esa curva perfecta, esa sensación de estar sentado en un motor con ruedas.

Ustedes que aman las motos, no pierdan nunca esto de vista. Saluden a un “colega” que se cruzan en el camino, sean solidarios con el que anda con problemas con la moto, sean responsables y conscientes de que reflejan en su modo de actuar a todo un grupo de personas que aman esta actividad, a los ojos de quienes los están viendo. No cometan el error de abrir completamente el escape, sin ocuparse del sistema de inducción y carburación de la moto…

¿Qué es la moto? Los invito a que vayamos pensando en esto, disfrutando un momento de poner las ruedas sobre la tierra, y valorar la fortuna de lo que hacemos.

¡Ya, pero ahora a andar!

——-

Texto publicado originalmente el jueves 6 de febrero de 2014 en suplemento mensual “Patagonia Deportes” de La Prensa Austral.

Harambour Nicolás

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2 pensamientos en “¿Qué es la moto?

  1. Que gran columna. Mñ dejas colgarla en motociclistas.cl? O mejor aún: hazlo tú y nos actualizas tus peripecias con tu delirio italiano 😉

    ‘Anser’.

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