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De la columna anterior “¿Qué es la moto?”, podríamos desprender varias alternativas de respuesta, pero al menos en un ámbito psicosocial, podemos decir que la moto resulta ser un lujo. Las razones para esto quedaron expuestas: por una parte, no es un bien necesario (siempre habrá otra alternativa de movilización racionalmente superior), pero por otra, vaya uno a negarlo, andar en moto trae gran placer.

Se me ha sugerido que hable sobre las “motos top”, y me ha gustado el tema, porque siempre es entretenido hablar del lujo dentro del lujo: es fascinante. Pero el lujo no es casual, ni se le puede atribuir tan solo a un objeto, o al precio que se la ha puesto. Dese usted una vuelta por las tiendas de motos italianas, alemanas o austríacas, y verá usted lujo por toneladas. Fibra de carbono ahí donde otras motos llevan plástico, o incluso metal, en los casos comparativamente más osados. Esculturas a mano, plasmadas luego con láser en fino aluminio, donde otras motos llevan fierro soldado por trabajadores que con suerte podrían comprarse esa misma moto, a lo largo de una larga cadena de producción. Y los precios…digamos que sostienen este armazón simbólico sin problemas.

La palabra “superior” empieza a aparecer, como una cruda e injusta sentencia. Porque el lujo tampoco es inocuo: bajo el manto de fina seda sobre el cual posan sus neumáticos las “motos top”, se apilan las “de más”, ahora pareciendo que han perdido toda belleza, en la umbra de las más brillantes. Y es todo tan dolorosamente relativo.

Como una metáfora del proceso histórico del trabajo en el capitalismo moderno, el mercado de las motos ha evolucionado, aunque mucho después, repitiendo sus fases: la moto artesanal, sencilla pero valiosa, aunque extremadamente precaria, de manos de uno o pocos hombres, que inventaron sus condiciones de posibilidad. Luego, el desarrollo industrial, la optimización, la racionalización; el marcado contraste entre aquellos que se suben a la ola (los fabricantes japoneses), y aquellos que son azotados por ella (las ineficientes europeas y americanas). La moto, en un contexto de acelerado desarrollo tecnológico y una economía que parece sostener en pleno el mito del “American Dream”, alcanza un estado de cosas que jamás se repitió: la moto de los años 90, para el ejecutivo joven, se asemeja como nunca lo hará después, al “tope de línea”. No es casualidad que las 400cc japonesas de los ’90 sean todavía cotizadas por muchos: son pequeñas motos de carreras. O que la Ducati 916SPS que se conseguía a mediados de esa década, era mucho más parecida a la moto ganadora del Superbike, de Carl Fogarty, que la Desmosedici D16RR que se sigue vendiendo hoy a decenas de millones de pesos, lo sería al corcel de MotoGP que usaba Loris Capirossi a mediados de la década pasada.

La economía ya no sostiene los sueños gringos, ahora solo quiere eficiencia y sustentabilidad: la tecnología se derrama lentamente sobre los modelos más sencillos, pero la sensación sencillamente no es la misma. Ahora bien, nunca antes fue tan accesible tener una moto que no lo dejará a uno tirado al costado del camino. Hay calidad en eso, hay calidad de manufactura, hay durabilidad…pero, ¿qué ocurrió con el “alma”?

Algunos la buscan en las sobre-preparadas motos de los ’90, encontrándose con que el tiempo no ha pasado en vano, y aquellas motos eran más rápidas en los recuerdos. Pero encuentran lo que buscan: alma en la sensación. Otros vuelven más, volcándose por ejemplo en las “cafe racer”, y las alternativas son muchas: la pesadilla mecánica de las verdaderas históricas de los ’60, la relativa mejoría de lo que de todos modos son viejas motos de los ‘70s y ‘80s, o el convertir una moto moderna, cortando y modificando a gusto. También encuentran lo que buscan: el alma en la personalización.

¿Y a dónde se nos fue el lujo dentro del lujo? El lujo siempre encuentra formas de escapar, y vemos actualmente su paradoja en la máxima expresión: el lujo hoy busca aquello que el avanzado desarrollo industrial ha hecho más esquivo: lo artesanal; aquel producto que surge de la relación directa entre un individuo y sus herramientas. Aquellos fabricantes que no sobrevivían en la lógica de la racionalización, ni las economías de escala, hoy encuentran su nicho en clientes que están dispuestos a pagar por una moto, lo que valdría hace algunos años una pequeña casa. Norton es el ejemplo más paradigmático en el ámbito europeo, pero MV Agusta no se queda atrás, o EBR (Erick Buell Racing) en el contexto americano, desarrollando motos impagables, cuando antes su apellido fue sinónimo de una moto barata, de pésima calidad y poco éxito, para iniciantes (Buell Blast). De alguna forma, estas marcas siempre han tenido la misma personalidad: manufactura artesanal de motos. Pero ahora su producto ya no es visto como una máquina mecánicamente inferior –especialmente en términos de durabilidad-, sino como un vehículo exclusivo, personal, “real”. Es cierto que el producto es hoy de alta calidad, sin embargo, no es casual que los discursos de las marcas de nicho contengan tantas palabras del tipo “herencia”, “alma”, “sensación”, “exclusividad”; la apelación es más a la emocionalidad y al deseo de diferenciarse, que a la razón utilitaria (tómese como prueba para la causa, el dominio de las grandes japonesas en el mundo de las carreras).

Pero es todo tan relativo… yo le hago una recomendación: compre una moto con el corazón, porque desde ya se está embarcando en una actividad del todo cuestionable desde lo racional (y maravillosa), pero lleve su cerebro consigo. Dentro de sus posibilidades, compre la moto que usted quiere, y la que le dará más satisfacción, evaluando cuáles son los factores que más contribuirán en ello; tome el marketing con pinzas, y no se olvide que lo más nuevo y más caro no necesariamente es lo mejor (para usted).

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Texto publicado originalmente el jueves 6 de marzo de 2014 en suplemento mensual “Patagonia Deportes” de La Prensa Austral.

Nicolás Harambour II

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2 pensamientos en ““Motos top”

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