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Foto: Punta Arenas; Andrés Harambour http://www.aharambour.com

La semana pasada el norte de Chile se ha visto afectado por intensa actividad sismológica, con pérdida de vidas, destrozos a construcciones y embarcaciones, y con la necesidad de evacuar las costas, desde que la intensidad de los sismos principales ha sido suficiente como para generar movimientos peligrosos de marea.

Razonablemente, por su ubicación geográfica y características compartidas, desde el primer momento se llamó también a evacuar las costas del resto del país. El problema es que por costas se pueden entender cosas muy diferentes.

Magallanes posee, por su ubicación, características geológicas bastante diferentes al resto del país; súmenlo, si quieren, a los argumentos para la “República Independiente”. El asunto es que si bien acá también ha temblado históricamente –y fuerte-, tanto la explicación como las consecuencias de estos sismos, obedecen a razones diferentes al resto del país, relacionándose más con el territorio antártico.

A muchos visitantes bien observadores les llama la atención que en Punta Arenas no se vive la clásica puesta de sol en el horizonte marítimo, como en las costas chilenas comunes; acá más bien el sol sale del agua, para irse por el cerro. Nos brinda una de las imágenes más preciosas en las mañanas de invierno, si me preguntan a mí, y también un indicador de por qué la evacuación inmediata de las playas del Estrecho de Magallanes esta pasada semana fue absolutamente innecesaria, y alarmista.

Las ciudades puerto de Magallanes reciben sus aguas saladas de una manera tan intrincada que resulta más fácil incluso imaginar una gran ola entrando desde el Océano Atlántico por la pampa…siempre y cuando ésta trajese una fuerza suficiente como para vencer tamaña distancia.

La semana pasada, en plena noche magallánica –y suerte que no fuera en invierno-, se interrumpieron actividades, se sacó a pacientes y ancianos de sus camas, y se dejó sin dormir a todo el que viviera en la zona, sin importar su conocimiento de estos hechos. ¡Incluso en Puerto Natales! Al día siguiente, naturalmente, fue necesario suspender las clases, puesto que nadie debe haber dormido demasiado esa noche.

La primera reacción de quienes presencian este absurdo es quejarse de las autoridades. Sin embargo, humildemente pienso que su situación es sumamente dificultosa en una coyuntura como ésta; el problema viene de bastante antes: ellos siguen órdenes según las planificaciones de emergencia –con señalética y simulacros incluidos-, y les toca obedecerlas. (En su oportunidad, supe de más de algún funcionario de Onemi regional instalando señales de “zona de riesgo” con vergüenza)

El problema está en que en este país tan extremadamente centralizado, la zona central es la medida del mundo, y lo que es válido por allá, es también válido acá, sin importar consideraciones básicas. A veces da risa, como cuando en el servicio público donde trabajé hasta el año pasado, nos enviaron gorritos estilo safari y un delgado cortavientos, para los funcionarios que salen a terreno.

Pero el problema es muy grave: en Magallanes tenemos nuestras propias amenazas naturales, como el desborde del Río de las Minas, por dar un ejemplo reciente, pero el tratamiento de esto es dejado a la organización espontánea local, y es de importancia marginal, comparado con un tsunami que jamás nos podría afectar.

En definitiva, a ratos hace bien mirar un mapa.

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Texto publicado originalmente el domingo 6 de abril de 2014, en El Magallanes/La Prensa Austral.

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