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Ayer se cumplió una semana desde que falleció el abuelo de mi mujer. Y para mí, un quinto abuelo.

Personalmente, siempre me he interesado por acercarme a los extremos de la vida, la infancia y la vejez. En ambos, suele encontrarse muchas veces aquello que el resto de la vida uno se pasa esquivando: el amor. Yo soy muy afortunado de haber podido compartir mucho con mis abuelos; con mi queridísima abuela Nora, que vive acá en Punta Arenas, como una magallánica por convicción más, con mi abuelo Gustavo, su marido, de quien tuve la fortuna de despedirme antes de que partiera, sin que por ello se aminorara el dolor de no tenerlo, y de que no haya conocido a mi hijo, pero sí con la tranquilidad de que nos expresamos nuestro cariño en el tiempo en que hay que hacerlo. Y con mis abuelos Salvador y Carmen, con quienes tengo memorias y presentes, mi abuelo ayudándome hasta el día de hoy a meter mano en la moto, y a darle vueltas a la sociología de mediano alcance. Los abuelos son fundamentales para los niños; sí, por las regalías, cómo no, pero sobre todo porque son capaces de aprovechar la distancia generacional para entregar cariño y sabiduría de un modo sumamente transparente.

A Bartolomé -para mí “el cholito”- lo conocí hace tan solo un puñado de años, pero inmediatamente nos hicimos amigos. Amigos no de salir a tomar un trago ni hacerse fiestas sorpresa de cumpleaños, sino que de largas conversaciones, en tono pausado, en las que repasábamos distintos aspectos de la vida. En general, como es natural, a mí me tocaba escuchar y el cholito me contaba de sus experiencias y reflexiones. A menudo, reflexionaba en el simple hecho de que fuéramos amigos. Me parecía algo extraño y genial, y un hecho por el cual siempre estaré agradecido con el cholito; siento que su capacidad de tomarme en verdadera consideración, encontrándonos con tanta diferencia de edad y viniendo por caminos tan diferentes, es signo de una humildad verdadera y admirable.

El cholito era muy pobre cuando chico. Desde muy pequeño, sin escuela ni padres, tuvo que enfrentarse al lado más duro de la vida, logrando ese extraño milagro que ocurre a veces, pero del cual es injusto como sociedad que nos fiemos, de que una persona se haga a sí misma, convirtiéndose en un (muy) instruido autodidacta, desarollando un oficio, y sosteniendo a una bellísima familia numerosa. Desde mi corta trayectoria –y comodísima, en relación a la suya-, siempre me maravillaron sus relatos: De cómo aprendió y destacó en su oficio de electricista, de cómo gestionó redes barriales y sufrió la dictadura, de cómo comenzó muy tarde a tocar el piano y a apreciar la música clásica, y lo que viví directamente: de cómo recibió siempre de brazos abiertos lo nuevo, jamás perdiendo una envidiable esa curiosidad, esa capacidad de maravillarse, esa humildad para aprender. Y de cómo, cuando le diagnosticaron su cáncer, reflexionó en torno al fin de su propia vida…

El jueves anterior por la noche lo fuimos a visitar en su casa, ya muy enfermo, después de un buen tiempo sin verlo. Me sonrió al verme, y me dio su mano. Quiero pensar que me reconoció, pero no importa si no es así, porque ahora es mi tiempo de reconocerlo. Este es mi humilde homenaje a este amigo que ha partido, a este caballero de blanca cabellera peinada hacia atrás, de puntiagudas manos y largas orejas, a este quinto abuelo que he tenido la suerte de conocer. El sábado en la tarde, al verlo tan elegante en su último traje, supe que ya estaba mejor.

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Texto publicado originalmente el domingo 20 de abril de 2014 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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2 pensamientos en “Hasta siempre, cholito

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