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(Foto: Diego Dicarlo https://www.facebook.com/DiegoDicarloFotografia )

Ahora mismo estoy en el campo. Solo. Estoy en un valle solitario, donde tengo miles de metros cuadrados de distancia con cualquier ser humano. Hay un televisor, y tiene tevecable, pero nunca tan abstraído, casi ni lo he encendido. Mejor, me he pasado el día afuera, mirando a esos pájaros que no tengo idea cómo se llaman ni a qué se dedican; hay unos blancos y unos negros, y todos llevan a cabo sus menesteres con total dedicación, sin prestar mucha atención a este ignorante observador.

Al rato tomo el computador para anotar algo, y me voy a buscar un libro que dejé acá hace un tiempo, luego de haberlo leído completo un par de veces bajo la sombra de un alto árbol: “SELKNAM, Cazadores en la Tierra del Fuego” de don Carlos Vega. Tan lejos del terruño, a uno le da por leer referencias, que sea.

En el libro, una de las ideas que más llama mi atención, es la del legado que dejan estos antiguos habitantes de lo que solemos llamar Tierra del Fuego: una total falta de impresión en el entorno; su “Onaisin” es el legado; la mismísima naturaleza. Ni siquiera dejándonos escrituras para jactarse de aquello, los Selknam habitaron uno de los contextos más crudos en los que al ser humano se le ha ocurrido permanecer, aprendieron a entenderlo y labrar un riquísimo vocabulario y cosmovisión para aprehenderlo; sobrevivieron con presteza y talento, pero no por ello en desmedro de los cohabitantes ni especies vegetales de la zona. Su mayor legado es, en términos moderno-occidentales, jamás haber estado ahí.

Ni propiedad privada, ni consumo ni ahorro de lo que no es necesario, emplearon los Selknam. Pero un día empezaron a llegar los descubridores y constructores de las patrias ilustradas, y bajo las injustas armas de estos hombres modernos, respetuosos de lo propio hasta para enojarse por aparentes crímenes como el robo de ovejas, cayeron y desparecieron de la faz de la Tierra. A los conocedores los mató la ignorancia. A los hombres sanos y fuertes de escasa vestimenta, la enfermedad de los que visten decentemente.

Algunas de sus antiguas costumbres me caen muy en simpatía, sosteniendo por ejemplo una de mis instituciones sociales favoritas: según el Sr. Vega relata, si un Selknam amanecía con el pie izquierdo, no hacía sino pintarse líneas amarillas verticales a cada lado de su boca, y ya con eso todo mundo sabía que no estaba para leseras, y ni siquiera para explicar qué le pasa. Otras no tanto. Pero cómo extraño a los Selknam, y desde mi lejana ignorancia y gusto por escribir sobre las cosas, me quejo hoy por su ausencia, imaginando líneas amarillas verticales a cada lado de mi boca.

Texto publicado originalmente el domingo 18 de mayo de 2014 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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