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¿De qué tendría que ser la columna que sigue al 21 de mayo? De la cuenta pública presidencial, por supuesto.

Pero están todos hablando de eso, de cada palabra, cada promesa, cada anuncio, lo que les gustó, y lo que no les gustó, y lo que pensaron que sería distinto, o lo que “esta vez sí que sí” será distinto.

Yo más bien quiero hablar de lo que no estuvo en la cuenta pública: la discapacidad. Sí, se mencionó la palabra, y se prometió una subsecretaría –cosa que, perdónenme, pero no veo sino como un poquito más de burocracia, y un lindo difusor de esfuerzos por cambios reales para los chilenos en situación de discapacidad. Pero absolutamente nada nuevo.

La discapacidad se erige una vez más como objeto, como área separada de la sociedad, y esta misma lógica dicta claramente los pasos a seguir: “apoyaremos a las personas con discapacidad”.

Pero las personas con discapacidad no necesitan subsecretarías, unas cuantas vacantes laborales, un reconocimiento público; necesitan garantías para sus derechos como ciudadanos. Necesitan tener acceso. Necesitan condiciones en las cuales puedan participar plenamente como ciudadanos chilenos. Necesitan que una reforma educacional contemple en su raíz la inclusión y el reconocimiento de la diversidad. Necesitan el anuncio de que caminamos hacia la erradicación de las escuelas especiales, porque ya no tendrá sentido que unos chilenos estudien en lugares diferentes que otros.

Por la tarde del 21, por mi cabeza pasaban las mismas ideas que en las de miles de padres: ¿Qué cresta voy a hacer con el colegio de mi hijo? En este mundo donde un “dato” de colegio –medianamente- inclusivo se comparte con más discreción que un pito de marihuana.

Hablamos de gratuidad, y de calidad, pero no he visto en boca de ningún líder estudiantil, ni mucho menos de una autoridad de gobierno –ni éste, ni el anterior, ni otra vez éste, ni el anterior- el reconocimiento de la situación de máxima vulnerabilidad en el sistema educativo: la situación de discapacidad. Porque en Chile somos muy buenos para hacernos los desentendidos, y preferimos pensar en que las personas con discapacidad serán siempre niños, siempre esos niños que nos dan entre ternura y pena, y por quienes compramos el yogur que auspicia la campaña, y nos vamos a dormir tranquilos.

Pero ya basta. Basta de la ternura, de la compasión. Basta del olvido y la negligencia. Basta de tener ciudadanos de segunda clase. Nuestros edificios no son accesibles, nuestros colegios no son inclusivos, las terapias las tiene que cubrir cada bolsillo…  La etiqueta de discapacidad se traduce para la gran mayoría en un portazo en la cara.

Qué país camino al desarrollo…

…dejando en el camino a tantos, no llegamos a ninguna parte.

Texto publicado originalmente el 25 de mayo de 2014 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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Un pensamiento en “Discapacidad.

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