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Foto: Andrés Harambour http://www.aharambour.com

No tengo ideas, o estoy cansado de dar vueltas sobre las que he tenido antes. No es que cambie de ideas, necesariamente, sino que tan solo necesito un poco de tiempo descansando de algunas de ellas.

¿O será que efectivamente se me están acabando las ideas? Tendría uno una cantidad limitada de ideas, tras lo cual ya no se le ocurre nada…

Pero entonces, ¿hay gente sin ideas? Yo nunca he conocido, y eso que he compartido con gente vieja, digamos, que ha tenido tiempo de agotar sus ideas. O algunos de ellos, más bien, tiempo de ser agotados por ellas.

Y entramos al campo de lo que constituye o no una idea. Pareciera que hay ideas que uno no quisiera considerar como tales. ¿Y qué pasa entonces? Que son ideas igual, yo creo. Que a uno no se le ocurriría jamás, y que tenga buenas razones para pensar que a determinado sujeto tampoco se le ocurrieron realmente, no quiere decir que esas “malas” ideas sean otra cosa que ideas.

También supongo que no será bueno quemar el stock limitado de ideas individuales en propósitos que no valgan la pena, según un determinado punto de vista, que no será el propio, porque ¿puede uno tener una idea que considere inútil? Desde que se tacha de inútil, teóricamente, uno tendría que desechar tal idea. El amor mueve montañas, pero a veces le cuesta mucho más mover ideas, y a ratos nos podemos volver en expertos y estoicos sostenedores de ideas inútiles, o dañinas, malas ideas que todavía no vemos de ese modo.

Algunos ejercitan este fenómeno a diario, pareciera. Todos lo hacemos, realmente, porque hay tantas ideas que uno cree propias, pero que pensándolo bien, no necesariamente corresponden con la propia consciencia. (Bueno, para hablar de consciencia se me acaban las ideas)

¿Tienen que ser todas las ideas propias, o podría uno dedicarse a “curador” de ideas? O cambiemos la pregunta: ¿acaso no somos todos los que pretendemos trabajar con ideas propias, sencillamente coleccionistas y expositores de ideas? A veces no recordamos de dónde salieron algunas de ellas, pero esto de escribir ideas sobre papel digital, tan seguido, me empieza a dar tal impresión: que a uno se le ocurre muy poco, si es que…y cuando llegamos a una idea “propia”, generalmente es porque hemos logrado olvidar totalmente el origen de las ideas prestadas que le dieron lugar.

¿Qué es la sociología, sino el arte de rastrear las ideas que dieron lugar a las ideas? Bueno, se me ocurre esa definición muy a la pasada y desde el campo de mis pretensiones personales; no sé si es buena idea someterla al juicio de otros colegas.

Y me imagino a un lector pensando “claro, a éste no se le ocurrió qué escribir, entonces se mandó esta cartita el muy”, pero ¿en qué formato debe venir una idea para ser considerada tal? ¿Acaso no es, mediante la idea de no tener idea, la pregunta, cómo llegamos a las ideas, las respuestas?

Postularé mejor, que la hoja en blanco no existe. Que uno no es capaz de quedarse sin ideas.  Que en el peor de los casos, tan solo no nos hemos decidido a que sea aconsejable, comenzar a rayar la hoja, y entonces preferimos decir

“a veces no se me ocurre qué escribir”.

Texto publicado originalmente el domingo 1 de junio de 2014 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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