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“El pájaro es un organismo que obra según leyes matemáticas; el hombre puede construir un organismo igual, dotado de los mismos movimientos, aunque de menor potencia y capacidad para mantenerse en equilibrio.

Diremos pues, que a tal instrumento fabricado por el hombre, solo le faltaría el alma del pájaro, la cual debería ser remedada por el alma del hombre que lo vuele…”

 Leonardo Da Vinci

 

Me gustan las motos con historia. Digamos, es imposible que una moto no tenga historia, pero me refiero a aquellas cuya existencia se debe, o fue marcada por hechos, situaciones, personas que resultan particularmente interesantes.

Frecuentemente esto significa que hablamos de personajes y circunstancias que, hasta cierto punto son universalmente conocidos. Pero también ocurre que, en el día a día, bajo el manto de un relativo anonimato, alguien labra su propia gran historia, y una moto que no pasaba de ser igual a cualquier otra de la serie, termina siendo una moto con historia.

Así es la Honda CB500T del año ’75 que tiene mi viejo. En sí misma, más una moto vieja que vintage, una bicilíndrica con un total de 500cc, que se parece bastante a casi cualquier modelo CB de la época, y cuya historia general no está marcada por grandes hitos. Bueno, sí es una moto simpática, y un tanto menos común que las tetracilíndricas de la época. Es agradable andar en ella, y ese estilo clásico para muchos de nosotros no deja de verse bien.

Pero resulta que un día, un tal Richard, de profesión Asistente Social, trabajando sin muchas ganas para el Estado, quien tenía un gusto particular por estas motos de mediados de los ’70 desde antes de que se empezaran a poner de moda con la vuelta de la onda “café racer”, decide que su vida no tiene mucho sentido así tal cual está.

Richard vive en Nueva York, es soltero y tiene unos 25 años. Sin mucho sobresalto, con empleo y viviendo en una ciudad que a muchos les llama la atención, su vida le resulta un tanto tediosa, y seguramente pasan por su mente imaginaciones de cómo es el “mundo allá afuera”. Así que un buen día, Richard agarra algunos ahorros, toma su CB500T del año 1975, carga herramientas, aceite, bujías, y otros pequeños repuestos que una moto de este tipo va requiriendo con el mero uso cotidiano, y parte rumbo a Alaska. A todas luces un loco ya a estas alturas, Richard comienza a agarrarle el gusto a esto de vivir en la moto. Armándose de un par de cosas más, y con lo puesto, ahora parte rumbo al sur.

Richard es uno más de cientos de viajeros que un día deciden hacer un paréntesis en sus vidas, y partir en la moto a rumbos desconocidos. Algunos más planificados, o mejor preparados y con equipo más especializado, y otros, como Richard, en una moto que en sus palabras representa un “fuck you” al turismo de comodidad, cada uno de ellos escribe una importante historia.

En fin, más de 40.000 millas después de partir de Nueva York (¿qué kilometraje tiene la típica moto? Esto es un viaje de más de 65.000 kilómetros…), llega a Punta Arenas, luego de dos años viajando, escribiendo, probando cervezas, conociendo todo este mundo que existe entre el círculo Ártico, y el trampolín final al polo sur.  Al trazar una línea entre el punto de partida y el de llegada, la historia parece casi ridícula. El viaje de América, de toda la extensión continental de América… (A Richard le pareció muy simpática la noción de que llegando a Fuerte Bulnes se encontraría con el último tramo pavimentado del continente americano).

Recuerdo que al encontrarnos en Punta Arenas, y acordar comprarle la moto –con lo cual él podría devolverse en avión a una vida más parecida a la que dejó dos años atrás-, nos solicitó un último “viajecito” a Ushuaia. Bueno –dijo mi viejo-, que sea la última prueba de que la moto está en buenas condiciones; si aguanta, te la compramos a la vuelta.

Y así fue que esta moto vieja, mal carburada, con los relojes malos, el subchasis roto, tapizada de autoadhesivos conmemorativos de experiencias que solo permanecen en el corazón de Richard, con una fuga de aceite importante, y los neumáticos planos llegó al garage. Pero qué moto más especial y cargada de historia.

*Gracias a mis amigos Oscar E. por la idea para esta nota, y Nico P. por esta cita espectacular de Da Vinci.

——–

Texto publicado originalmente el jueves 5 de junio de 2014 en suplemento mensual “Patagonia Deportes” de La Prensa Austral.

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