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Resulta muy difícil hablar de fútbol hoy. Bueno, todavía no es el partido Chile – Brasil mientras escribo esto, así que entenderán mi disyuntiva.

Pero el fondo del tema del cual quiero hablar, no depende directamente del resultado de dicho encuentro. Espero, sinceramente, que haya sido favorable a la selección nacional, lo cual constituiría un logro deportivo claramente positivo. Si es así, cuéntenme entre los alegres. Si no es así, cuéntenme entre los que piensan que está todo arreglado (broma a medias).

No no, el asunto que me interesa se juega fuera de la cancha, en la hinchada. O más precisamente, en esta suerte de impulso nacional del cual todo chileno parece que forma, ¡¡o debería!!, formar parte. Miles de chilenos que jamás siguen el fútbol ni en la tele, gritan los goles con entusiasmo, conocen a los jugadores, maldicen las inocurrencias, y tiritan porque nos toca jugar en una instancia eliminatoria con Brasil. Soy uno de ellos, y lo disfruto.

Dicho eso, no deja de llamarme la atención la potencia que tiene este “ardor nacional”, contrastado con el hecho de que todo sigue, socialmente hablando, exacta y precisamente igual después del partido. Es más, ¿ya es domingo? Lamentos o alegrías, le apuesto que ya hoy esa efervescencia social, que puede llevarnos a una estampida en la “Plaza Italia”, a gritos xenófobos, y a meternos a la fuerza a salas de prensa internacionales, sería motivo de burla. Salga hoy con la cara pintada, y hará el ridículo. Pero ayer, usted era un gran chileno.

Pueblo atomizado, individualista si los hay, el chileno sabe tanto de solidaridad como de justicia. Utilizamos instancias de alta connotación, como el mundial FIFA, para aprovechar de vivir por un rato esa sensación de pertenecer, de querernos, de que nos importa el devenir social. Algunas personas me han explicado su inusitado entusiasmo futbolístico, explícitamente, de esta forma: “mientras dura el Mundial,  uno forma parte de algo más grande”. Y está bien, es sano, es razonable. De hecho, es una suerte de necesidad emocional constitutiva de la sociedad.

El problema es que cuando esta oportunidad dorada se agota –y lamentablemente, ganemos o perdamos, toda instancia deportiva se agota rápidamente- volvemos a lo mismo de siempre. No saludamos ni al vecino. Nos importa un comino el tipo que se tropezó en la calle. Tiramos las colillas de cigarro como si el pavimento las considerara abono. Tenemos mala voluntad con el que nos solicita algo. Y aprovechamos cada oportunidad de ser “el más pillo” en exclusivo beneficio propio.

Utilizamos la instancia para vivir estas emociones exacerbadas de identificación con los otros (Véase: fiestas de año nuevo, 18 de septiembre), y luego librarnos de esta necesidad, y sentir que hemos expiado las culpas de nuestro áspero individualismo.

El día del partido frente a España andaba en Santiago y me tocó salir a hacer un encargo en la moto justo antes de que terminara. No saben lo que fue eso.  La ciudad teñida de rojo. Los gritos de felicidad desde los edificios. En las micros, la gente toda carapintada golpeaba con los pies el suelo, y se asomaba por las ventanas con esas cornetas sudafricanas adaptadas para no requerir técnica, y un tipo que caminaba por la vereda gritó “Ce-ache-i” y de todas partes se voluntariaban otros para gritar “ele-é”.

Ya ni me acuerdo qué día fue eso, pero sé con certeza que al día siguiente, un auto me hizo una encerrona, y ni se inmutó por haberme obligado a frenar de emergencia.

Modo mundial: off.

Texto publicado originalmente el domingo 29 de junio de 2014 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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