Home

moto

20 minutos tarde, pero sale la pizza. Son buenas éstas. Las hacen dos argentinos, “pizzas a la argentina”, como si fuera el cliché –qué gustosos somos los chilenos de consumir comida preparada por vecinos que nos gusta denostar-, pero éstas realmente las hacen dos argentinos. No recuerdo sus nombres. Probablemente nunca los conocí, si no tan solo una versión duosílaba de los mismos, o un sobrenombre típico, relacionado con algún rasgo físico insalvable.

En el cuarto de concentración, mapa en mano, dejo de rebanar pan y “repasar” la losa (el administrador también es argentino) intentando desde hace rato memorizar la ruta. Con 20 minutos menos, el boludo es el que trae la pizza en la mano, y no el cocinero que se olvidó de avisar que faltaba albahaca. La ruta es complicada. Es de ésas que va todo bien, hasta que tomas la izquierda donde debías seguir, porque la metidita era en el pasajito ése, y luego por la vereda, y después a contramano sales bien…entonces terminas conociendo todo el sector. “Usted tiene estudios, cabro –conjuga arbitrariamente mi colega-, deberías estar haciendo otra cosa. Ya va a estar haciendo otra cosa. Me deja el mapa, que es el último que me queda, ah”. Mi colega no cree en Ge-pe-éses. Yo tampoco creo en el mío, en particular, y menos en la velocidad de conexión del teléfono, que lo vuelve casi inútil. Pero he visto buenos GPS, y entiendo que habiéndolos vistos, la cuestión de la fe se vuelve innecesaria. Pero en realidad pienso en lo que me dice, en cómo me lo dice.

Las manos todavía calientes por la caja ardiendo, me subo a la motito, que hace unos días me entregaba satisfacciones camino al Cajón del Maipo, pero que ahora porta una cajota roja, atada a la rápida al comienzo del turno, porque ya salían unas empanadas con 15 minutos en contra. “Ponme las botas despacio, que voy apurado”, es una frase que escuché demasiado tarde en la vida. Pero las dudas las sobrepasa el rugido del entrañable motor Yamaha de cientoveinticinco centímetros cúbicos, que a la patada arranca sin chistar. (Rugido es una palabra grande, cámbiela por “ronroneo”, editor.) Cuántas patadas le di a esa moto con arranque eléctrico. La batería me habrá durado un mes, luego un par de veces me motivé a mandarle agüita desmineralizada y ver si revivía, pero con ese desdén flojo por la tecnología que ejercita el que tiene a mano la imbatible posibilidad de motivar una máquina con la mera tracción humana, preferí siempre arrancar la moto a patadas. Una vez ni siquiera: le mandé segunda y me dejé rodar por una pendiente empinada.

Voy rápido. No soy Valentino Rossi, tampoco, pero les aseguro que Valentino Rossi piensa que es un repartidor de pizza cuando arranca un GP. No me vengan con que la comparación es injusta, si a Valentino lo felicitaban por darlo todo y traer la Ducati décima, y en cambio yo, ya doy por sentada la inexistente propina que merece mi actual empresa, aun cuando pudiera relatarle al mocoso la gallarda historia que me llevó hasta su puerta en tiempo récord, por las amarillas calles del Santiago nocturno. La presión es tremenda. En una moto con 12 caballos de fuerza, según las cifras más optimistas de la industria y una pizza en la caja que a cada minuto se enfría, frenar es la última de las opciones. “Corner speed is the name of the game” le gusta escribir a los gringos en las críticas a motos de baja cilindrada. Y es cierto.

Yo creo que estamos ya a tiempo de hablar con honestidad del uso de esta moto, considerando que el comprador muy probablemente jamás en su vida vio un ejemplar de La Prensa Austral ni por casualidad, y abordaré el tema con una metáfora; lo más seguro es que usted sepa que los saxofonistas –en grupo, cobardes como lo puede ser cualquiera, especialmente en grupo- se mofan de la  escasa capacidad de variación de intensidad de la trompeta, mostrando muy eruditamente que mientras ellos son capaces de ir desde el Pianissimo hasta el Fortissimo a destajo, los trompetistas operan entre el “nada” y el “todo”.

Llevé siempre a la Yamaha como un trompetista, como Freddie Hubbard tocando un solo en “Bolivia”. Fortissimo por rectas y curvas, llegué a pensar muchas veces que el velocímetro era demasiado pesimista, que no puede ser que vaya bordeando 90km/h al tope. Pero jugué con pasión, siempre. Y ésta no fue la excepción. La napolitana se sacudía con los adoquines, saltaba con los lomos de toro, se hacía mierda contra la caja en las frenadas de semáforos, y el queso formaba olas formidables durante las curvas.

El comensal la recibió con una mano, con la otra me pagó justo, y alguien le prestó un pie, una mano, o un palo, que logró cerrarme la puerta en la cara apenas terminó la transacción.

Basada en hechos reales.

 

 

 

Anuncios

4 pensamientos en “La fantasía de Valentino Rossi

  1. Qué buena Nico. Como siempre. Sabemos que está basada en hechos reales. La Nana dice que sólo faltó “bajo la lluvia”…-

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s