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Mañana comienza la Feria del Libro de Punta Arenas, organizada por la Municipalidad local, y de la cual me siento feliz –aunque tangencial- parte. Me encantan las ferias de libros, aunque por las mismas razones que me gustan, suelen ser un panorama aterrador: tanto para ver, tanto para hojear, qué ganas de salir de ahí cargado de ejemplares interesantes, que seguramente me demoraré meses en encontrar el tiempo para empezar a leer. ¡Por eso he faltado a casi todas últimamente!

Me encanta el libro. Entre esas dos tapas se esconde un mundo. Un libro es una experiencia; después de un buen libro uno jamás vuelve a ser el mismo. Hay pocas cosas como esa sensación de que uno ya ni percibe el tránsito de las letras, la forma de las palabras, el paso de las hojas, sino que la imaginación va volando con geniales recreaciones de lo que se lee. Unas ideas se agrandan, se modifican, se comen a otras, y luego llegan otras a brindar nuevos colores. Es tan hermosa esa adicción a un libro; a ése que uno deja, y al rato no puede evitar volver, y quizá dejar de hacer algo por leer unas cuantas páginas más. Sin duda que no ocurre esto con todos los libros, pero qué bien cuando sí se da, y me levantan de la cama en la madrugada, las ganas de leerme unos cuantos capítulos antes de empezar con las tareas del día a día.

Y, ¿cuántos jamás han tenido este privilegio? ¿A cuántos no se les enseñó a leer, no se les enseñó a LEER, a gozar de un buen libro? ¿A cuántos se les enseñó a detestar la lectura, a punta de leer materiales que no eran en lo más mínimo de su interés? Yo diría que casi a todos los niños. Recordemos que la lectura es una experiencia, y tanto las buenas como las malas experiencias dejan su huella…

Como entre burlas, cada vez los periódicos publican en primera plana las horrorosas estadísticas de comprensión lectora entre los chilenos. Pero esto jamás puede ser motivo de burla, sino de la máxima tristeza: a cuántos se les ha negado y/o arruinado la alegría de leer.

Y ya que estamos en el tema del libro, bajémoslo también de su pedestal. No olvidemos que el libro es a fin de cuentas un medio, un medio que huele tan rico, que resulta tan atractivo, pero un medio al fin. Lo que lleva es lo que nos hace crecer, lo que nos hace aprender, y nos hace volar. Hoy en día hay tantos medios para hacer llegar a ávidos ojos historias estimulantes. Enseñemos a buscar, enseñemos a encontrar el gusto propio, enseñemos a confiar en ese impulso que lo lleva a uno a interesarse por unas cosas más que por otras.

Abramos a los niños las puertas de la lectura, y que cada niño lea lo que se le canta la gana. Y si prefiere “ver los dibujitos”, que vea los dibujitos. Cuántos de mis compañeros perdieron neuronas a punta de desmotivación leyendo el Cid Campeador. A cuántos niños hoy se les reta por pasársela en Internet, cuando en realidad están viajando entre montañas de información, y gracias a la forma en que se desenvuelve esta red, hasta se han animado a escribir, a mostrar las propias ideas. Acompañemos y guiemos con humildad, en vez de criticar desde nuestras costumbres.

Y al que leyó esta columna hoy, ¡gracias por elegir vivir esta experiencia!

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Texto publicado originalmente el domingo 13 de julio de 2014 en El Magallanes/La Prensa Austral

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