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La verdad es que estamos cortando con las terapias. ¡Epa! Yendo en contra de los tiempos, de lo que sale en la tele, de lo que recomienda cualquier persona sensata, de cajón, estamos cortando con las terapias. Y lo estamos haciendo demasiado tarde, incluso. (Información importante para el lector: Ignacio tiene síndrome de Down, y ya va por los dos años y nueve meses. Entiéndase esto como un descargo personal y no como una recomendación. Cada quién debe investigar y ver qué le hace sentido.)

Es necesario otro paréntesis: hace rato que me siento a destiempo con los discursos sociales, y en esta materia soy de la creencia de que sucede lo mismo que con el sistema educativo chileno: estamos en un punto histórico tan soberanamente penca, que lo que podemos pedir es todavía malo, aunque desde luego sería una amplia mejora. En eso estamos: las personas con discapacidad todavía viven relegadas socialmente, y reciben pocos apoyos para desenvolverse de la mejor forma. Entonces, hacemos énfasis en aquello que es más concreto, más tangible, que mejorará las perspectivas de los niños pequeños con discapacidad: la estimulación temprana, las “terapias”. Así como a la persona que quiere bajar de peso: “come ensalada”, le decimos, porque es concreto, fácil, medible; en vez de decirle que debe empezar a aprender un poquito acerca de una adecuada nutrición.

Al contrario, sin perjuicio de que es importante brindar los apoyos necesarios (ojo con esa frase) en la vida de nuestros hijos con discapacidad, soy de la creencia de que la principal diferencia entre las perspectivas de vida adulta de una persona con discapacidad y otra, reside en el grado de inclusión social, y no en el nivel, calidad o cantidad de terapias que recibe en su temprana infancia. Es sencillo, pero el problema es que es difícil de medir. De hecho, las terapias, muy excelentes pueden ser pero se pueden volver problemáticas en cuanto a permitirle a la persona con discapacidad una plena inclusión.

Dicho más duramente: A los niños con discapacidad no se les permite mucho ser niños. Y a los padres de niños con discapacidad, no se nos permite mucho ser padres. No, la terapia viene primero. Las horas diarias de ejercicios apenas salidos los bebés del vientre materno, las lucecitas, los ruidos, los esfuerzos físicos, las caras de desaprobación, las incongruencias entre el modelo y la realidad. La terapia viene primero, pasando por encima de toda evolución natural del niño, poniendo el deber-ser siempre en jerarquía superior al ser. Poniendo el trabajo antes del juego. Poniendo la obligación antes de la espontaneidad. Forzando, de alguna forma, una escolarización/institucionalización aun más terriblemente temprana que en el común de los niños.

Estamos cortando con las terapias, abocándonos a actividades que enriquezcan los espacios de libertad del Ignacio, porque estamos hartos de todo eso. Y tarde nos hemos dado cuenta, del daño que hace un ambiente de exigencia permanente sobre un pequeño bebé -y sobre sus padres, hay que decirlo. De las persistentes intervenciones sobre procesos que se dan de forma natural, y cuya demora precisamente es parte del proceso, y no una antojadiza dilación. Los niños necesitan respeto con sus tiempos de exploración de sí mismos y de su entorno, los niños necesitan ser niños, ser “egoístas”, ser libres, hacer lo que se les cante la gana. Es parte de su proceso de maduración emocional, física e intelectual: aprender a reconocer sus necesidades básicas –en lugar de ignorarlas, a favor de las necesidades de los adultos, volviéndose para siempre torpe en identificarlas después-, consiguiendo sus propios logros, en base a procesos vividos de manera personal, y no “inyectados” en su cerebro por un tercero.

Parte del problema reside en la palabra, “terapias”, ligada demasiado fuertemente a conceptos como “tratamiento” y “curación”. Que una persona con discapacidad necesita apoyos, vale, pero su condición y su niñez no necesitan ni tratamiento ni curación.

Texto publicado originalmente el domingo 3 de agosto de 2014 en El Magallanes/La Prensa Austral.

 

 

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Un pensamiento en “El Ignacio y las terapias

  1. Reblogueó esto en ANDREA ITZELy comentado:
    Cuándo es demasiado en términos e terapias? Como papás uno sabe que las terapias ayudan, y tratamos de hacer todo por ellos. Pero demasiadas terapias tambien abruman al niño. Hay que estar atentos a las terapias que hacen, lo que les gusta, lo que no, y no hay que sentirse mal con cortar con las terapias que creamos necesarias.

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