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“No compres juguetes, compra herramientas”

Le explicaba una educadora a una sostenedora de jardín, cuando ésta le preguntó qué tipo de juguetes sería más adecuado comprar para equipar un nuevo espacio de juego enriquecedor para los niños. La frase me quedó dando vueltas desde el momento en que la capté, y viene acompañada del subtítulo: los niños no necesitan “hacer como”, sino que necesitan “hacer”.

Justo ahora que se viene –bueno, creo que hoy que publican esto, ES- el “día del niño”, me ha tocado ver televisión, cosa que últimamente evito a muerte. Y en este contexto, casi todo lo que uno puede ver tiene que ver con algún nuevo juguete, acompañado de un pegajoso “jingle”. Las tiendas que normalmente le encajan a uno ropa que no necesita, hoy convencen a los niños de que necesitan exigirle a sus padres el nuevo coso que hace como que no sé qué, mientras no sé que otra cosa. Y los adultos nos ponemos condescendientes, y –comprando o no- esbozamos una sonrisita por lo susceptible que son los niños frente a esta propaganda. Bueno, a veces nos enojamos un poco porque nos toca ponernos en los zapatos de Arnold Schwarzenneger en “el regalo perfecto” (¿se acuerdan?) y conseguir y comprar el juguete deseado…

El asunto es que ignoramos que nos pasa lo mismo, con todo. Pero sobre todo ignoramos que nosotros somos plenos cómplices de esta lógica del simulacro, del “como si”. Vivimos en espacios urbanos demasiado densos, inmersos en lógicas de comportamiento y consumo que desplazan el ámbito de la necesidad, mientras intentamos convencer a los niños de que se suban a este carro.

La característica del ser humano moderno (o pos-moderno, si quieren) es la de encontrarse tan desconectado de lo concreto, que no se conoce casi nada. Ya no sabe qué quiere o no, ya no sabe qué necesita o no, ya no sabe bien cuándo tiene hambre, ni qué quiere comer. No sabe cuándo tiene sueño. No sabe amar. No está en contacto con sus emociones. No está en contacto con su cuerpo. No tiene idea cómo se producen los alimentos que consume, ni cuándo sale y se esconde el sol. Para poder acercarse a esto, confunde los medios con los fines, y se inventa formas –también desplazadas, artificiales, en el ámbito del “como si”- de abordar el problema: en vez de saber comer, hace “la dieta de…”, en vez de saber cómo se siente, se deja caer en las prácticas institucionalizadas de la medicina, del intelecto y del amor. Usa aplicaciones para ver el tiempo que hace, en vez de salir y ver. En resumen: en vez de abordar la necesidad de forma directa, utiliza un método desplazado: el consumo.

Los niños, en cambio, viven directamente en lo concreto. Tanto así que, paradójicamente, son capaces de imaginar cualquier mundo. Claro, suena raro, pero los niños aún no están totalmente inmersos en nuestro mundo desplazado, en nuestras instituciones sociales, en nuestras costumbres y formas social y culturalmente determinadas –y, por tanto, del todo relativas-, entonces pueden dar formas diversas a las cosas que tienen en las manos. Una piedra puede ser una piedra, pero también puede ser un auto, una pelota, un planeta, o el ojo de un enorme rostro (y muchas cosas más, que ya no estoy a alturas de imaginar, como pueden ver). Para los niños, todo es hacer. El juego es el neg-ocio más importante de la vida, el juego de los niños es profundamente serio. Tiene que ver con todo lo que le rodea, no limitándose a los “juguetes”.

Los juguetes modernos no permiten al niño hacer mucho. Vienen pre-pensados como “juguetes”. Son hiperestimulantes, en tanto están diseñados para provocar determinados estados de excitación en el niño, en lugar de permitirle acercarse a su ritmo y a su modo, y descubrir el objeto como si fuera la primera vez que un ser humano tuvo acceso a semejante cosa. Provocan pasividad, y eso es adictivo. Luego, los adultos se preguntan qué hicieron para criar semejante demonio del “cómprame-cómprame (todo lo que salga en la tele)”, necesitando siempre el último y novedoso estimulante. ¡Es que es adictivo!

Tengamos cuidado con quitarle esto tan valioso a los niños: la capacidad de estar conectados consigo mismos. La mejor manera de cuidarlo es siendo el ejemplo, llevando nosotros una vida más a “escala humana”, conectados con nuestras necesidades. Pero también, cediendo un poco, permitiéndoles la libre exploración en el juego, lo cual implicará de seguro más de una alfombra manchada, y un plato roto. Y, desde luego, pocos “juguetes”.

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Texto publicado originalmente el domingo 11 de agosto de 2014 en El Magallanes/La Prensa Austral. “Día del niño”.

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