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“El domingo fui a Natales en moto”, dice uno. “¡Qué rico!” le dicen.

No. Rico, no. Enriquecedor, satisfactorio, sí que lo es. Pero poco placer hay en hacerse el guapo con los vientos magallánicos, solo, en una moto sin carenado, durante tres horas ida, y tres horas vuelta, con una hora de descanso entremedio.

Lo que es soñar con valles. Con accidentes geográficos que aplaquen aunque sea durante un minuto aquellas ráfagas incansables, a cuyo favor solo puedo afirmar su constancia y predictibilidad.

Lo que es empujarse, agachado sobre el estanque, con la espalda girada en dirección contraria al viento, durante tres horas ida, tres horas vuelta. Miraba yo a esos viejos árboles y pastizales arqueados, entregando toda integridad con el propósito de persistir. Y comprendí aquella frase que refiere a cómo al ir en moto, te fundes con el paisaje más que cuando lo haces en auto. El viento te funde…

¿Qué es mejor, el viento en contra o el viento cruzado? ¿Qué es menos malo? Cualquiera, salvo los dos juntos, pensaba yo mientras situaba mi mirada sin pestañear, siempre en un punto cruzado, como encontrándome en una eterna curva rápida, solo para poder seguir en línea recta. El cuello ardía por el esfuerzo de mantener la vista hacia delante, la panza pegada al estanque. La pampa enseña al hombre de paciencia; o sufres largo, o sufres intenso. A veces quisiera uno no sufrir.

Qué paisajes privilegiados. Al apreciar su belleza comprendí que el viento es el último bastión en pie contra el avance de nuestra raza de alfeñiques. Nuestros ojos aman estas tierras, pero son pocas las patas que deciden pararse aquí a diario. Magallanes tiene una belleza particular, pero Última Esperanza es otra cosa, es una especie de paraíso escondido. Los últimos 120 km viví bajo su nombre, agarrado a la moto, sabiendo que ya pronto llegaría a buen puerto. Y qué buen puerto.

¿Por qué están estas vistas aquí? Bosques y cañones, lagunas y praderas. Todo cubierto de viento. Pero es así esto. Al igual que el verano en Punta Arenas, caluroso detrás de vidrios, la ruta 9 es un espectáculo cuando se viaja con calefacción y habitáculo cerrado. Los autos se mueven por el viento. Hasta lo hacen buses y camiones, sí. Pero mientras mi “cortavientos” era traspasado por la persistencia del aire, pensaba yo: “no me vengan a hablar a mí de viento”.

Cuántos millones de dólares habrán gastado fabricantes de vehículos en desarrollar pruebas en “túnel de aire”, pensaba, mientras recibía un “crash course” en aerodinámica. Pero al fin llegué, y conmigo llegó mi fiel corcel.

Las fotos son malas, pero conmigo vuelven los recuerdos y los pensamientos de la ruta. Ahora sí que sí, 100% aprobada la Monster.

Texto re-editado. Publicado originalmente el lunes 18 de febrero de 2013 en Patagonia Racing http://www.patagoniaracing.cl/?p=1592

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