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Cómo no, se volvió “viral” un video donde aparecen miembros del grupo yihadista Estado Islámico degollando al periodista norteamericano James Foley, a fuerza de miles de internautas “compartiendo” las imágenes, y millares de medios de comunicación haciendo lo mismo. Con una efectividad mayor incluso a que si aquel grupo le hubiera pagado personalmente a cada uno de estos difusores. Las noticias son noticias, supongo, y hay una necesidad de informar…

No vi el video, pero como siempre hago –y luego lamento- leí muchísimos comentarios al respecto, en distintas notas online y apariciones en redes sociales. Allí, el tema principal de conversación se centraba en la dudosa veracidad de las imágenes. Al margen de que la Casa Blanca confirmó la autenticidad del video, y al margen de que no soy quién para afirmar que eso es suficiente para dejar dormir tranquilos a estos escépticos observadores, y que todo esto hasta podría ser otra táctica comunicacional de profundización del conflicto (ya a estas alturas, hay tanto para pensar, que ya ni sé qué pensar) debo reconocer que me siento un poco aterrado.

El morbo no se inventó con Internet. Y tampoco con los videojuegos violentos. Estos son, en todo caso, dos medios en los cuales es posible transmitir crudas imágenes de extrema violencia, para un interés aparentemente urgente e inagotable que precede cualquier tecnología. Después de todo, los seres humanos que viven en un ambiente exento de distintos tipos de violencia, en algunos casos extremadamente explícita, son escasos si es que existen.

Pero esos cómodos comentarios de sofá respecto a la muerte “en vivo” de alguien, esas risas respecto al sonido que aparentemente provocó el cuerpo de quien se quitó la vida –finalmente, frente a una cámara- saltando desde altura en un mall santiaguino, esos atochamientos vehiculares producidos por cientos de curiosos tratando de ver algo en un accidente de autopista, esa necesidad de ver y de mostrar violencia, sangre, horribles accidentes, me aterran un poco.

No por la presencia de sangre, cosa que he visto quizá demasiado en mi propio cuerpo; ya he mencionado antes que casi todos mis dientes son obras de hábiles odontólogos… Sino porque lo que ocurre con el morbo es una cosificación de las personas: transformamos al periodista muerto, con una familia y comunidad que lo espera, que lo necesita, que lo extraña y valora su recuerdo, en un objeto. Una mera imagen. Un símbolo de alguna cosa. Un pasajero tema de conversación. Es una operación tremendamente parecida a lo que ocurre con la pornografía, en realidad, donde las personas pasan a perder su calidad de personas, para convertirse en instrumentos, en ese caso, en objetos de la fantasía sexual del observador.

En realidad, para aplicar estos conceptos de forma más adecuada, vale ampliar el foco: hoy en día esta operación tiene lugar con toda “viralización”, se trate de cosificación sexual, con el morbo por imágenes violentas o sangrientas, o con un video gracioso. Lo que permite Internet es una masificación del proceso de cosificación, ya que mediante este intermedio virtual, aun cuando lo que veamos tenga lugar relativamente “cerca” (en nuestro barrio, ciudad o país), se percibe como lejano y desapegado del tiempo. Finalmente, la pesadilla de volverse infame protagonista de un ridículo “meme” no es simplemente el “qué dirán”, sino el hecho de que cada quien se sentirá libre de decir de uno, lo que diría de cualquier cosa.

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Texto publicado originalmente el domingo 24 de agosto de 2014 en El Magallanes/La Prensa Austral.

 

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