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temblor

Les confieso una cosa: el temblor del sábado pasado fue la primera vez que me vino un recuerdo vívido de la experiencia del sismo del 27 de febrero 2010. Me encontraba en la parcela de mis suegros en la zona central, disfrutando de la lluvia afuera. Hubo susto, y nos pasamos un rato explicándole al sobrino chico por qué tiembla. Me comuniqué con mi lado de la familia, algunos en Punta Arenas, otros en Argentina y otros en Santiago, y la sensación era de que estas cosas pasan, y no es para preocuparse. Nos referimos informalmente al temblor.

Y me entró la curiosidad: qué extraño es el miedo a la naturaleza. ¿Cuál es la correcta medida? ¿Qué tanto miedo debe tenerle uno a estas cosas? ¿Qué es el miedo? Es una suerte de sumo respeto, o –como en el caso de las relaciones padre-hijo- una dañina forma de verticalizar una relación?

Quizá, tener miedo sea excesivo. Tal vez no tiene sentido, finalmente, como cuando en familia entre-bromeamos que si algo es tan fuerte como para romper la tierra sobre la cual estamos parados, ya ni esperanzas quedan. Y todo lo que no produzca eso, probablemente tampoco nos lastimará. Pero ahora lo escribo y me suena más resignado que “valiente”. ¿Lo decimos en serio?

El sobrino, en una lógica egocéntrica propia de su edad, no podía entender que el hecho de que la Tierra se “rascara” no tenía relación en absoluto con algo que él hizo, o no hizo. Resultaba difícil entonces tranquilizarlo, y nuestras explicaciones de que “esto pasa cada tanto, es natural” sonaban tan inútiles como aterradoras. Porque es cierto: esto pasa cada tanto, y es natural. Pasa cada tanto, y no hay nada que podamos hacer al respecto. ¿Por qué tendría que tranquilizar a un niño la naturalidad de un fuerte sismo? ¡Y el hecho de que son altísimas las probabilidades de que volverá a sentir un terremoto en su vida!

Como las estadísticas de terremotos, que no hacen sino sumirnos en una vaga incertidumbre -cada vez que nos acordamos de ellas- la inevitabilidad e inconmensurabilidad de estos fenómenos puede tomarse de distintas formas. Y nuevamente: sin importar nuestros sentimientos y explicaciones al respecto, volverá a ocurrir.

Finalmente, ¿acaso no participamos de una forma más sofisticada y elaborada de aquella actitud infantil, egocéntrica con respecto a la naturaleza? Después de todo, somos la única especie que intenta explicarse por qué ocurren los “desastres naturales”.

Creo que estos eventos son oportunidades para captar un poco más de cerca la verdadera escala de la naturaleza, en la cual sencillamente estamos depositados de manera temporal y limitada. Imagino que los hombres de mar y montaña, en definitiva, quienes se enfrentan cotidianamente a escenarios naturales cambiantes y difíciles, entienden esto tanto mejor. Es una oportunidad para la humildad.

—-

Texto publicado originalmente el domingo 31 de agosto de 2014 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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