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Bueno, sobrevivimos “el 18”, proeza que en determinados rangos etáreos parece más formidable que pasar agosto. Y hoy, 21 de septiembre, se conmemora otro año de la toma de posesión del Estrecho de Magallanes, haciendo incorporación de estos territorios a la República de Chile.

Y merece un poco de detenimiento que este hecho vino a suceder gracias a la visión de algunos pocos, quienes desde lejos se plantearon la importancia de dar el salto. Lo merece, hoy, desde nuestra situación de magallánicos nacidos o incorporados, respecto al permanente centralismo que experimentamos a diario. Vivir en Magallanes es percibir el aislamiento respecto al centro, donde las noticias nacionales a ratos nos tocan tanto como las del país vecino, las políticas de Estado parecen frecuentemente insensibles respecto a la realidad austral, y donde el pronóstico del tiempo en canales abiertos solo parece acertar en algo porque acá se dan frecuentemente días de cuatro estaciones…

Vivir en Magallanes es excepcional. La Región más amplia y más helada, con una hermosura sutil que los ojos solo estimulados por el verde intenso demoran un poco en captar. Con un habitante cada kilómetro cuadrado, sin contar el vasto Continente Blanco, y aun así todavía es imposible salir de la casa y no “encontrarse” con alguien (es que para soportar el frío, nos hemos tenido que arrimar a pocos fuegos)…

“Lo malo de vivir en #puq es el clima, obvio. Lo bueno es q importa un nabo cómo está la #Ruta68” dice el tuitero Pelayo Grubsic, en un día donde la única noticia parece ser el taco que afecta a quienes salen de Santiago rumbo a “la playa”, -como se conoce genéricamente para el santiaguino a cualquier centro urbano que colinde con el Océano Pacífico.

A quienes nos toca viajar constantemente desde y hacia el terruño, experimentamos cada vez una especie de viaje en el tiempo. Desde la ruidosa ciudad del apuro, hasta una pequeña, cosmopolita ciudad donde hasta el más ocupado almuerza en la hora de almuerzo…Encontrarme cada vez frente al Estrecho me da un aire renovado. En algunos momentos sus aguas parecen tan tranquilas que más de algún “endieciochado” habrá imaginado caminar sobre ellas. Y otros, experimentamos de cerca un verdadero tsunami cotidiano, tanto más real que aquellas alarmas obligadas de Onemi central.

Almorzar con mi abuelita, esos interminables días de verano, escuchar cómo el bramido de la moto rebota en las paredes de las edificaciones, mientras “paseo” por la Costanera llegando casi hasta el Fuerte Bulnes… cada uno tendrá sus imágenes añoradas de Magallanes, ésas son algunas de las mías.

Pero lo que me gusta de Magallanes, es que los magallánicos somos regionalistas. Conocemos la bandera, nos autodenominamos orgullosamente, y sentimos cierta coincidencia con cualquiera que haya querido de verdad a esta tierra. Y es bueno que así sea. Es bueno que así sea para quienes viven en Magallanes, y también para quienes están lejos pero añoran. Porque este orgullo, este rasgo curioso y porfiado, es una característica evolutiva de la linda locura de querer vivir “allá lejos”, al fin del mundo.

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Texto publicado originalmente el domingo 21 de septiembre de 2014 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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