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Me he sentido interpelado tras recientes conversaciones, a escribir sobre cosas profundas. Y esto me pone en una situación incómoda, ciertamente, desde que mi intención original para esta columna era centrarme en aquel mundano y personal episodio en el que un perro se comió la torta de cumpleaños de mi señora.

Ahora bien, de profundidad ha tenido este suceso, indudablemente. Así podría describirse el modo en que por algunos instantes se instaló un mezquino deseo de que este canino contemporáneo al menos sufriera alguna suerte de horrible dolor de guata. Más tarde, sin embargo, el enfoque de la situación se trasladó al hecho microsociológicamente relevante de tener un cumpleaños sin torta. Y mientras cesaba poco a poco de desearle mal al perro, entramos en las profundidades de la psicología transpersonal: ¿Cómo cresta tomarse esto? ¿qué está tratando de decir la vida, con esta imagen de que la torta de cumpleaños, símbolo predilecto del ritual cumpleañero, suculento –supongo- objeto cremoso frente al cual cantamos, deseamos, y sobre el cual encendemos y apagamos pequeñas antorchas que denotan los años cumplidos, fue devorado por otro durante la noche?

Era una torta encargada, siento que debo mencionarlo. Una de esas pastelerías pitucas, donde las tortas tienen nombre y no sencillamente un apelativo alusivo a su contenido básico. Siento que debo mencionarlo: pedí que le cambiaran la guinda por frambuesa. Era para 18 personas la torta. Pero no “para 18 personas”, sino que estoy seguro que 18 adultos, de verdad, hubieran quedado más que satisfechos con esta tortita. Grande. Muchísimo más grande de lo que esperaba. Y ahí quedaba este tremendo paquete color café posado sobre una mesa en el patio, mientras la fiestita tomaba otros rumbos, pasando por otras etapas, confiando todos, no obstante, que en unos ratos más íbamos a ocupar ese compartimento secreto que tiene todo ser humano en el estómago, cual le permite comerse un buen postre aun después de una extensa cena. Y con un café.

Bueno, sobre este tema me iba a extender yo, pero hoy no hay espacio para tales banalidades. Como tampoco hubo torta. Supongo que sí me reconforta un poco, ahora, a largos días del suceso, que alguien sí comió torta. Fantaseábamos, yo creo que para pasar la rabia al día siguiente, que tal vez el perro nunca había comido torta antes, y su entusiasmo y alegría fueron dignos de epopeyas entre sus amigos perrunos. Pongámonos en el contexto, por favor: esto es en el campo, una semana casi primaveral; el cierre de la parcela no está aun terminado perfectamente para evitar el paso de perros con un grado relativamente alto de motivación, y el puñado de canes que hemos visto por la zona, hay que decirlo, no se caracteriza por ejemplares bien alimentados. Admito ignorancia respecto a sanas pautas de alimentación para perros, pero sí supongo que los perros no vinieron a este mundo a comer torta.

Aun así, pongámonos en el lugar de este bicho. El olor de la crema. La frambuesa. Qué se yo, era una noche helada, y ahí afuera estaba la torta, básicamente posada sobre una mesa a unos 10 metros de una posible abertura en el cierre perimetral. Si los perros huelen el miedo, cómo no van a oler una buena torta para 18 personas, con blandito y húmedo bizcocho de nueces, una discreta pero significativa capa de vainilla, frescas frambuesas machacadas, milhojas…tenía bizcocho y milhojas la perla -así la encargué para mi querida mujer-, y arriba de todo, en esos deliciosos excesos típicos del rubro repostero: crema chantilly. Capaz me estoy olvidando de algo, qué se yo, no sé cómo era la torta exactamente, les digo que ni siquiera probé con el ángulo del dedo índice un poquito de crema “a punto de caerse”.

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Texto publicado originalmente el domingo 28 de septiembre de 2014 en El Magallanes/La Prensa Austral.

 

 

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