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El viaje en avión Punta Arenas – Santiago o viceversa es una excelente oportunidad para ejercitar las siestas rápidas bajo tensión. No sé qué justificación evolutiva pudiera tener esta curiosa habilidad, pero ya me he vuelto un experto, encontrándome dormido y roncando, casi cayéndome sobre la señora sentada a mi derecha –disculpe, nuevamente- mucho antes de que se apague la señal de mantener el cinturón abrochado.

O, tal vez, es también una buena oportunidad para leer. En el último viaje me leí de un tirón el excelentísimo libro de Casilda Rodrigánez “Pariremos con placer”, título no directamente dirigido a este lector, por supuesto. Y a partir de su lectura –que recomiendo a todas y todos- algunos apuntes, acerca de un fenómeno humano que sí que tiene justificación evolutiva: el placer.

Básicamente, se refuerza en el libro la tesis de que el parto humano no solo puede ser vivido de forma placentera, sino que naturalmente así fue por mucho tiempo, y lo es todavía en diversos lugares, siendo esta relación entre placer y parto truncada culturalmente a partir de la transición hacia una sociedad patriarcal. Los detalles, y explicación de estos conceptos puede encontrarlos de esta autora, pero lo que me interesa exponer hoy es este hecho: a través de la negación del cuerpo de la mujer, y con el consiguiente dis-placer instalado históricamente en el sexo femenino respecto a cada uno de sus procesos biológicos, surgen mecanismos esenciales de dominación y construcción de la lógica falocentrista, machista, competitiva y destructiva de nuestras sociedades actuales.

“Parirás con dolor”, manda un pedacito de la Biblia, pero la sentencia cultural podría expandirse a “te avergonzarás de todo lo que hace diferente a tu cuerpo de aquel de los hombres”. A la mujer se le ha negado el placer, calificándola con insultos cuando su deseo sexual se manifiesta honestamente –como es considerado perfectamente normal para un hombre- porque su cuerpo ha pasado a pertenecer al hombre: su sexualidad a la medida del hombre, con la cosificación de su cuerpo e instrumentalización como objeto de deseo sin rostro, sin fuerzas propias; su descendencia oculta tras una transmisión del apellido exclusivamente a través del padre; con una extrema medicalización de su proceso de parto, configurando prácticas que poco tienen que ver con los rasgos evolutivos del cuerpo femenino y su capacidad natural para dar a luz –posición recostada de espaldas, la cesárea fácil, el uso compulsivo de oxitocina sintética, y un largo etcétera-, y que tienen muchísimo más que ver con la conveniencia del médico; con que la sexualidad de la mujer se reduzca a la relación coital con un hombre, cubriendo con un manto de ignorancia otros aspectos de la sexualidad femenina, como lo son el parto y la lactancia, por ejemplo, procesos que no solo pueden ser vividos con placer, ¡sino que funcionan precisamente en base a hormonas del placer!

Y, por último, con un tema que termina de cerrar la barrera del displacer en torno al cuerpo femenino: la demonización del período. Cuántas jóvenes y adultas saben tan poco de su período, sencillamente obedeciendo a disimularlo y mantenerlo en secreto, como tema tabú incluso entre ellas. A cuántos niños y niñas se les enseña a considerar este proceso corporal, regular, cotidiano y natural como asqueroso y digno de ocultación. Imagínese, si hay señoras que se escandalizan de ver a una madre amamantando a su hijo sin esconderse como si fuera un crimen, qué concepto podemos tener de “la regla”.

Cuánto daño hemos hecho. Cuánto dolor hemos causado sobre la base de esta paranoica persecución. Cuántas mujeres –literalmente- quemadas en hogueras, cuántos cuerpos mutilados, cuántas consciencias preocupadas obsesivamente de tener un cuerpo y apariencia que satisfaga modelos de belleza arbitrarios e innecesarios. Cuánta estúpida estructura social basada en principios de dominación y represión. Cuánta frustración. Cuántas violencia intrafamiliar, golpes, gritos, homicidios, de hombres y mujeres. Cuánto desconocimiento sobre el propio cuerpo. Cuántas cesáreas innecesarias. Cuánto dolor innecesario en cada parto. Cuántos bebés que llegan al mundo de modo frío, alejados de sus madres. Cuántos engañados y engañadas piensan que esto que estamos viviendo es perfectamente normal y que la liberación de la mujer se limita a “dejarlas” sufragar y trabajar, y que solo concierne a “ellas”.

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Texto publicado originalmente el domingo 5 de octubre de 2014 en El Magallanes/La Prensa Austral.

 

 

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