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Letras, letras, letras, día tras día poniendo en palabra escrita lo sucedido y observado, incluso lo dicho y escuchado. Tal capacidad tiene la escritura, que acabamos atados a ella, aun cuando sea por el solo hecho de dejar una marca, establecer algo, un hito, una referencia, un ayuda-memoria, una constancia. Se hace necesario.

¿Es palabra? Pues bien, es otro tipo de palabra, una palabra que pretende enmarcarse, cuidando los formatos, dentro de cierta legalidad, cierta fidelidad al hecho, cierta legitimidad que es siempre frágil; sujeta a ser vista; sujeta a volver a encontrarla. Una palabra que pretende sustituir a La Palabra, para darle a la misma verdadero peso, en un mundo donde ésta ya no vale demasiado.

¿Y qué logra finalmente la palabra escrita? Paradójicamente, debe tener de todos modos valor de performance; debe ser leída, y su lectura reconocida. Debe ser comprendida, y debe ser validada por quienes corresponda. Debe saberse leída.

Hace meses ronda mi mente una cadena de palabras, ingenuas, pero no por ello menos ciertas e impactantes: “no basta con tener la razón”. No basta con tener la razón, a veces sencillamente basta con conocer los códigos según los cuales las cosas se validan, y conocer las potencialidades y consecuencias de los actos que no se ajustan a la palabra.

Hemos asistido recientemente a nuevos emblemáticos casos de corrupción, algunos denominados con el siútico sufijo “-gate” que le entregamos los chilenos a lo que es tan escandaloso, que casi nos da un orgullo destacarlo y compararlo con el infame cahuín que terminó con la dimisión del Nixon norteamericano.

Hemos asistido a casos donde la fechoría es enorme, y los beneficios obtenidos por ella superan desproporcionadamente a la multa por ser descubierto. Hemos tenido que admitir que ese recurrente cliché se vuelve cada vez más cierto: “Si robas poco, vas a la cárcel; si robas mucho, (complete la oración con alguna ostentación de cargo importante)”. La multa considerada como externalidad del negocio, la consecuencia del delito tomada como piedra en el camino, incluida una celda oculta en la hoja de cálculo, totalmente tolerable/esperable.

Y , ¿qué pasa entonces con la palabra? Con las pruebas, evidencias, antecedentes, comprobaciones, con las declaraciones, con lo dicho y lo contradicho, con toda esa tinta vertida para terminar de dibujar lo evidente, lo que todos ya sabíamos, pero sencillamente no se había escrito. ¿Qué sucede con la palabra?

Ya se ha dicho, la palabra escrita choca con su paradoja mortal: en sí misma, no vale nada: DEBE responder a una dimensión performativa, debe constituir ella un hecho presencial. Debe ser leída y entendida, reconocida su lectura, debe ser validada por quien corresponda, y debe saberse leída… a tiempo.

Texto publicado originalmente el domingo 26 de octubre de 2014 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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