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Realmente, ha resultado tremendamente liberador para mí, comenzar a desprenderme de las nociones de bondad y maldad para pensar a las personas, en coherencia con una concepción del ser humano que pretende trascender uno de los típicos dualismos que nos entrampan, teórica y cotidianamente.

No es casualidad que nuestra concepción del derecho tienda a limitarse a hablar de hechos, e intencionalidad de los hechos, en lugar de ir directo a donde suele ir el comentario de sentido común: la relativa maldad o bondad del sujeto. Y es mejor que así sea, no solo porque el hecho y su intencionalidad son potencialmente verificables, sino porque a fin de cuentas tampoco tiene sentido juzgar algo tan privado, y a la vez social y culturalmente relativo como la bondad/maldad de alguien. Lo primero, porque no sabemos qué ocurre precisamente en el “corazón” del sujeto, y lo segundo, porque lo que en un lugar y tiempo es maldadoso, es perfectamente común y corriente en otro contexto (comer perros, por ejemplo).

La idea de maldad no tienen rendimiento alguno, salvo servirnos de eterna excusa para que nada cambie en nosotros. Es sencillo: NADIE se considera malo. A lo sumo, piensa de sí que no ha sido muy bueno por tal y cual cosa mala que hizo, y que ya tiene que volver a la buena senda. Si soy esencialmente bueno, ya se me pasará la tontera. En cambio, los otros que me hacen daño, me desean mal. La maldad la tiene siempre otro, ese otro que yo veo solo a través de sus actos, que percibo como en detrimento mío.

El punto es que no tiene caso hablar de maldad ni de bondad, no tiene sentido. No es como opera el ser humano. Las personas nos desenvolvemos a lo largo de nuestra vida buscando satisfacer una serie de necesidades. Necesidades biológicas básicas, pero también un sinfín de complejas necesidades emocionales, culturales, sociales, relativas, creadas, construidas, inventadas, desplazadas, absurdas, constructivas o destructivas; no importa, se constituyen en necesidades para nosotros, y hacemos todo tipo de cosas para satisfacerlas.

Estamos centrados en ello, y en el camino desde luego que podemos actuar de tal forma de ofender y dañar a otros. Por supuesto que debemos tratar de cuidarnos de ser respetuosos con las necesidades de los otros, pero nada tiene que ver con “ser bueno”, tiene que ver en cambio con una permanente reflexión y autoobservación ética, que pone los actos concretos por encima de una supuesta esencia del otro.

Entramparnos en el asunto de la bondad o maldad no nos permite cambiar, y mucho menos hacerlo de acuerdo a un pensamiento crítico. Es quedarnos en un punto de vista que invalida un entendimiento más acabado de la complejidad de la vida humana. Y en cuanto a su dimensión social, nos impide abordar realmente las dinámicas que desembocan en actos considerados “malos”, en definitiva, en la violencia de todo tipo.

Es finalmente, poder ver al Otro, tratando de entenderlo desde sí, de cómo cada uno opera como puede, con las herramientas que ha conseguido, sin perderse en juicios inútiles que solo nos distancian más.

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Texto publicado originalmente el domingo 19 de octubre de 2014 en El Magallanes/La Prensa Austral.

 

 

 

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