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Jaimito es un simpático niño de cuatro años y medio, como cualquier otro –esta columna va dedicada a todos los Jaime reales, donado generosamente su nombre para el anonimato virtual-, le gusta inventar juegos en los que a veces involucra a miembros de su familia en diversos personajes y roles, le gusta jugar con tierra, cuando algo no anda mal suele estar divertido y alegre, y le gusta ir a casa de sus abuelos, donde juega con su primito de tres años.

A veces le parece extraño que su primo camine de a pasos más pequeños y que lo haga hace poco tiempo. A veces pregunta por qué su primo no habla todavía, y cuándo lo hará. Y hace unos días su primito se cortó el pelo, y él encuentra que ahora tiene más “cara de loco”; descripción que hace con cariño.

No tiene idea que su primo tiene síndrome de Down. A él le satisfacen las respuestas concretas, le tiene sin cuidado un diagnóstico, un nombre grande, una definición de la condición de su primo y lo que ello implica para los grandes. Jaimito ha aprendido a esperar a su primo, con quien disfruta mucho jugando. A ratos echa de menos que le conteste cuando le dice algo, pero la verdad no le importa demasiado.

Jaimito no cuida a su primo. Bueno, no más de lo que cuidaría a cualquier niño más pequeño. Su primo le tira tierra en la cara, y él se enoja. Cuando entran a la casa, logra su venganza poniéndole un sombrero que su primo no quería ponerse. Finalmente se ríen juntos.

Jaimito le teme un poco a las alturas, por lo que ha seguido a su primito, que si bien anda más lento, es ávido de encaramarse en cualquier juego y tirarse por lo que él llama “resbaladillas”, desde que lo escuchó en la tele. También, viéndolo comer tierra y ensuciarse con relajo, ha visto que no es tan grave ensuciarse un poco.

Son amigos, son primos, Jaimito dice que él es en realidad su “hermanito chico”. Cuando va a casa de sus abuelos y su primo no está, se queja. Lo mismo le pasa a su primo, quien se esfuerza por caminar más rápido para seguirle el paso a Jaimito, que va rapidísimo, y se queja cuando éste se tiene que ir.

Jaimito un día sabrá que su primo tiene síndrome de Down. Probablemente una impresión importante la tendrá de lo que le cuenten sus padres al respecto. Es importante lo que escuche al respecto.

Jaimito no discrimina, sencillamente juega y pregunta. Desde que ha visto a otros niños de la edad, observa algunas diferencias en su primo que le causan curiosidad y una respuesta sencilla le basta. No le complica mucho, y hasta ahora ni se lo había pensado. Jaimito no necesita que le pinten una imagen lastimera de su primo, ni que le fuercen a tener concesiones que no tendría con otros niños.

Los padres de su primo se esforzarán por planificar una buena forma de explicarle, que le haga sentido, y que mantenga la naturalidad de su relación. Pero seguramente, lo más importante será lo que él ha vivido con su primo, conociéndolo tal cual es, divirtiéndose con él sin preocuparse por tonterías.

En la opinión de este humilde narrador: la diversidad es natural; la discriminación es un aprendizaje.

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Texto publicado originalmente el domingo 2 de noviembre de 2014 en El Magallanes/La Prensa Austral.

 

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