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Hace unos días participé de una discusión muy estúpida y sinsentido, con una señora que defendía pegarle a los hijos para corregir su conducta. Afortunadamente ésta se desarrolló a través Internet, y me alegro, porque le llevé tanto la contra que según su código ético ya era del todo razonable golpearme.

Una de las cosas que me llamó más la atención fue que ella opinaba que debería hablarse más de los deberes de los niños, que con estos “inventos” de derechos de los niños, solo se abría la puerta a generaciones de “malcriados”.

Parece ser muy común esta visión, de la necesidad de “mano dura”, y castigos para que la gente se porte bien. Lo vemos con los niños y adolescentes, pero también el símil en la necesidad de mano dura con la delincuencia, que se les “acabe la fiesta”, y otras frases similares.

Sé que no será muy popular, pero estoy en desacuerdo. La delincuencia no es ninguna fiesta. Para que una persona llegue al punto de vivir con un comportamiento diametralmente opuesto a lo que se espera de un ciudadano común y corriente, hay muchísimas etapas de vida que se han dejado arruinar. Una infancia de violencia familiar, o a lo menos abandono relativo o absoluto -que es otro tipo de violencia-, unas condiciones de vida que acarrean también una extrema violencia, y el entrecruce con un gran número de sujetos que han sido históricamente similarmente violentados.

Esto no es una justificación, es comprender desde otro punto de vista qué es lo que sucede ahí. Como si hiciera falta que la sociedad le dijera de una vez por todas, fuerte y claro, que “NO” a los malcriados… Pero crecer en la marginalidad es un “NO” permanente. Es una impotencia fundante. Y quienes escapan de ella más o menos enteros, son excepciones, no ejemplos. En un sistema donde todo se paga del bolsillo, es no tener acceso a nada de calidad, es no poder integrarse al mundo que muestra la tele, es no poder seguir los sueños, es no poder tener sueños. Es no tener la famosa libertad que algunos ponen por delante de todo como si fuera un hecho dado.

El reincidente parece reírse de la sociedad, pero apenas esboza una sonrisa falsa llena de un resentimiento aprendido. Su violencia contra otros esconde años de violencia sostenida, su felicidad es una necesidad desplazada, satisfecha apenas por instantes, en un mar de odio y riesgo. Es el niño lastimado que se ríe nervioso mientras golpea a su padre y se siente poderoso por un instante, antes de que éste reaccione y todo vuelva a la misma negadora realidad.

Hago el vínculo, la metáfora, la asociación entre ambas cosas, porque en una problemática que sin duda es compleja, al menos una de sus partes tiene que ver con la violencia sobre el niño. Porque preocupados –lo cual es legítimo- por la seguridad de nuestros seres queridos y nuestras pertenencias, muchas veces parecemos olvidar que muchos de esos delincuentes que parecen tener sangre fría, son en realidad niños. Seres humanos cuyo desarrollo ha ocurrido entre golpes, pobreza y abandono.

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Texto publicado originalmente el domingo 9 de noviembre de 2014 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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