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No recuerdo bien si era mi abuelo o mi abuela, pero definitivamente sí su hija, mi madre, de quien escuché tantas veces esta expresión.

Cuando chico, resultaba simpática la frase. A diferencia de rabanitos o pepinos que nunca tuve cerca, y por tanto no sabía qué tan poco importantes podían llegar a ser para alguien, en el patio de nuestra casa había un árbol –que yo recuerdo enorme-, cuyo generoso y recurrente fruto era justamente el níspero. También había un “tío” Perico en la familia, pero eso ya es otro tema.

Para mí, entonces, la frase tenía un sentido medio probabilístico: el día del níspero no ocurría a diario, y de verdad ocurría bien poco –un año es muchísimo tiempo para un niño-, pero de que podía ocurrir, claro que podía.

Y la semana pasada caminábamos de noche por la parcela de mis suegros, mientras nos mostraban orgullosos sus árboles frutales, cuando me percaté de que plantaron un níspero, que pronto dará frutos.

Desde chico que no veía un níspero, ni el árbol ni la fruta. Y confieso cierta emoción.

De hecho, me puse a pensar en que nunca reflexioné demasiado en lo lindo que fue crecer con ese silencioso amigo en el patio. De cuántos nísperos nos comimos con mis hermanos y mis viejos, de cuán ingrata era la labor de sacarle la “carne” en relación a la tremenda “pepa”. De cuántos no nos comimos, y se convertían pronto en dolorosas pisadas cuando queríamos jugar en el patio. De cuánto no contemplé ese árbol, que me parecía tan natural, tan obvio, tan parte del paisaje.

Qué enorme riqueza que es un árbol frutal en la casa. Y de niños, qué valioso es crecer con la naturaleza al lado. Convivir con animales, con flores, con plantas, con árboles y con frutas. Con una guía atenta, cuánto puede aprender un niño sobre la vida, sobre sus ritmos, sobre el nacimiento, el crecimiento y la muerte, y observar en primera persona cómo todo ello mantiene un ritmo que le otorga naturalidad y, por decirlo de alguna forma, cierta bondad.

Observar cómo la naturaleza es exuberante y generosa. Las flores indibujables de lindas, y luego las frutas, que jamás se acaban antes que uno ya diga “¡Basta!”, y le avise a otros que tiene tal o cual fruta para regalar.

Observar cómo con el paso del tiempo los días cambian, el sol se aparece de otra forma, y las plantas reflejan todo ello, cambiando ellas también. Cuánto se pierde de esto, encerrado en un colegio. Y hablando de eso, me acuerdo con mucho cariño de un episodio recurrente que me marcó, cuando veía a mi vieja lamentarse con sinceridad frente a nosotros, porque empezaba un nuevo año escolar, y ya nos veríamos solo en las tardes y fines de semana.

Cuántos recuerdos puede guardar un árbol. Ahora felizmente solo me queda esperar a que llegue, cuando tenga que llegar, el día del níspero.

—–

Texto publicado originalmente el domingo 16 de noviembre en El Magallanes/La Prensa Austral.

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2 pensamientos en “El día del níspero

  1. Me gustó leer esta publicación. El níspero, como árbol y fruto, tiene un importante significado en mi vida y durante años he querido tener un níspero en mi patio. Por diversas razones, solo este año logré plantar uno. ¿Cuánto más tendré que esperar para disfrutar de sus frutos? Aunque acabo de cumplir 69 años, confío en que ese día llegará y será para mí la celebración del Día del níspero.

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