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Hoy, 3 de diciembre, se conmemora el día internacional de las personas con discapacidad. Claro, es hoy y no todos los días. Cada colectivo cuyos derechos son insuficientemente reconocidos tiene su día…los niños, las mujeres, los trabajadores, en fin.

Hoy, para mi satisfacción, veo a mucha gente hablando en redes sociales sobre el tema. Con alegría veo que la mayoría lo hace, no desde una óptica tradicional de lástima y caridad, sino que de reivindicación del valor social de la diversidad. Porque la diversidad está ahí afuera, es real, es constitutiva de lo real. Toda otra cosa es negar la realidad.

Pero quisiera, sí, referirme brevemente al asunto semántico del día de hoy, para evitar de pronto que nuestras excelentes intenciones nos lleven a puertos que pueden ser improductivos:

Es evidente la carga de connotación negativa que la palabra “discapacidad” ha acumulado históricamente por malentendido, sonando parecido a “incapacidad”, o haciendo para muchos un énfasis innecesario en la capacidad disminuida.

Así, muchos prefieren hablar de capacidades diferentes, o de diversidad funcional. “¡Todos tenemos capacidades diferentes!” reclama atinadamente este público. Sucede algo parecido con las “necesidades educativas especiales”; ¿quién puede negar que cada uno de los niños aprende de forma diferente, y requiere de una educación a su medida?

El problema es la capacidad operativa de los términos. Cuando utilizamos correctamente la palabra discapacidad, y más correctamente “persona en situación de discapacidad”, observamos que no hay connotación negativa alguna respecto al individuo en cuestión. La discapacidad no la porta el individuo, sino que ésta resulta de la combinación entre las características de la persona y un entorno que, en virtud de ellas, limita sus potencialidades: una ciudad poco accesible, televisión sin lengua de señas, material educativo no adaptado a Braille, los ejemplos son casi infinitos.

Resumiendo: Discapacidad = características individuales + entorno

Por eso es peligroso entregarse, sin hacer esta precisión, a la adopción de términos que aluden a un contexto más general. Porque es preciso que existe una diversidad funcional, que todos tenemos capacidades diferentes, todos somos y tenemos el derecho a ser diferentes. Pero en términos de políticas públicas, adecuaciones, planificación de la accesibilidad, etc., necesitamos reconocer que para muchas personas, el terreno hoy está cuesta arriba, y luego de reconocerlo, necesitamos cambiarlo.

Porque hoy hablamos de derechos, hablamos de justicia, y eso implica un cambio de mirada respecto a cómo construimos nuestra sociedad y brindamos oportunidades para todos, y no sencillamente a cómo valoramos la diversidad.

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