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En la última columna llegué a afirmar que creo no tiene sentido evolutivo para la especie humana, plantearse en la infertil metáfora de la competencia descarnada por la supervivencia. Al contrario, creo que el ser humano es esencialmente una especie de colaboración.

El día después de que fue publicada, llegó a mis ojos una entrevista al Dr. en Ciencias Biológicas, Máximo Sandín, en la cual afirma que el Darwinismo es una concepción de vida con claras influencias ideológicas, difícil de sostener empíricamente. Es decir, no solo en cuanto al ser humano pierde sentido pensar en la supervivencia del más apto como un fenómeno natural, sino que la biología en general no parece operar de ese modo. Se trata de un conocimiento con varios años encima, y en sintonía con lo que muchos sentimos, pero confieso que no lo había leído textualmente.

Me parece tremendo.

Y motivando finalmente este nuevo texto, leo una reflexión de Ximena Abarzúa de Taller Cuento Propio, de la cual cito: “Quiero poder elegir libremente una escuela donde mis hijos sientan que se les respeta como seres individuales, que se les enseñe a compartir con otros sin competir por puestos, donde no se les evalúe y etiquete porque sí y porque no. Qué tengan la posibilidad de amar el aprendizaje, el arte, que puedan jugar, plantar, cocinar.”

Hago el puente a este bellísimo fragmento, porque todo empieza y termina aquí: en cómo educamos. Hoy, la escuela sigue el modelo de la competencia. Pese a nuestro instintivo gusto por el aprendizaje libre, la escuela no educa ni abre mentes, sino que sigue el modelo de la árida instrucción. La escuela existe para que los niños tomen los cursos necesarios para insertarse al competitivo modelo económico, sin cuidado de que crezcan como humanos integrados en sí mismos.

Lo que hacemos es extremadamente estúpido. Corregir esta falta sale carísimo, tanto para el individuo como para la sociedad. Tenemos generación tras generación de personas que solo entienden de ganarle al resto para poder “salir adelante” (cáchense la frase, ¿delante de qué/quién?); de personas que no saben amar; que no entienden la implicancia de sus actos en las vidas de los otros; que no conocen el ecosistema, y por tanto no lo respetan; y un largo etcétera.

Entendemos todo intercambio entre personas como una prestación de servicios, economizando la vida, pero economizándola con un concepto de economía justamente basado en la competencia y no la colaboración. Nuestra noción de libertad y calidad de vida, cómo no, tan solo pueden entenderse como la capacidad de pago para hacer lo que quiero –muchas veces a pesar del Otro-, y la capacidad de comprar todo lo que se me plazca, respectivamente.

¿Quién es el más apto hoy? Cruelmente, es quien tiene los medios para comprar su supervivencia; escenario que se superpone a una fuerte determinación histórica del acceso a dichos medios, en primer lugar.

El Darwinismo como concepción de la vida social, no obstante, sigue vivito y coleando. Y se fortalece con cada acto de racismo, cuando se suponen características intrínsecas (negativas o positivas) de un colectivo según su apariencia, ignorando toda historicidad; se fortalece en cada defensor de la selección escolar, al concebir la educación como un escaso bien de instrucción destinado solo a algunos “aptos”, ignorando toda variable que antecede al rendimiento de una prueba; se refuerza con cada análisis vacuo de la delincuencia, pretendiendo ignorar que tanto las crisis, como las conductas “anómalas”, son totalmente intrínsecas a un sistema basado en que unos ganan y otros pierden.

Y menciono esto último porque me parece esencial recalcarlo: una de las preocupaciones permanentes del segmento relativamente acomodado es la delincuencia, esa incertidumbre que proviene de que la seguridad absoluta sencillamente no se puede comprar. Pues bien, ¿sigue pareciendo tan productivo el modo en que estamos haciendo las cosas?

——

Texto publicado originalmente el domingo 7 de diciembre de 2014 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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