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Creo que está mal expresado aquel planteamiento generalmente aceptado de que los niños “hoy en día” nacen con una predisposición al uso de la tecnología. Los niños, de ahora y de siempre, sencillamente vienen con una predisposición a aprender, a absorber lo que hay en su entorno. Y en el entorno de los niños de hoy hay tablets, teléfonos inteligentes, televisores, etc. Generaciones anteriores, que han visto el surgimiento y evolución paulatina de las tecnologías electrónicas, en cambio, las perciben con mayor complejidad.

El ser humano es una especie de tremenda inteligencia, de tremenda adaptación a un entorno artificial que está en permanente cambio.

Ahora bien, tendemos a alegrarnos de la rápida absorción de estas tecnologías, que son todavía muy nuevas (incluso el televisor es relativamente novísimo), sin preguntarnos demasiado por su verdadera utilidad. Solo nos viene la preocupación cuando vemos que su uso y consumo interfiere con nuestros conceptos de qué es lo sano: “mi hijo ve demasiada televisión”, “es adicto a los videojuegos”, “no se despega del computador”, “¡tiene solo 8 años y ya quiere un celular!”.

Pensemos un poco en ese pasado que ya hasta los veinteañeros empiezan a añorar con nostalgia, en el que se pasaba mucho más tiempo jugando afuera con los amigos que encerrado en la casa. Trascendamos el cliché y veamos que la diferencia está en el entorno y no en los niños: antes sencillamente no teníamos a mano estos objetos y tecnologías. Yo todavía me acuerdo de la primera vez que me conecté a Internet, y de cuando recién tuvimos un computador en la casa –que mucha gracia tampoco tenía. Obvio que mis días se pasaban jugando afuera con otros seres humanos, o leyendo libros. Un amigo en la universidad, admirado por la prolífica obra de Carlos Marx, por ejemplo, resumía sabiamente que “en esa época no había tele”. Suena obvio, y lo es.

Como a nosotros estas cosas nos parecen útiles y simpáticas –desde Facebook hasta la televisión por cable, donde puedo elegir entre cientos de canales para asegurarme ver todo el día algo que me divierta (sí, claro… pero usted me entiende)- las hacemos felizmente disponibles en nuestros hogares. Y nuestros hijos se rodean de ellas.

Los adultos traspasamos a nuestros hijos, sin mayor reflexión, nuestra exposición a estas lógicas que venimos recién conociendo, y así hoy tenemos varios canales infantiles en el cable, donde un niño es capaz de pasar 24 horas, 7 días a la semana viendo dibujos animados y publicidad sin pausa. Ah, y la publicidad… publicidad para niños. Para que sepan qué desear y precisamente de qué marca.

La asombrosa capacidad de aprendizaje y absorción de los niños es su mayor herramienta de adaptación al mundo, pero el asunto es a qué mundo se están adaptando exactamente. Un médico sabio me dijo hace un tiempo “debemos elegir las comidas de acuerdo a criterios de salud y no de gusto, de manera que el sentido del gusto se forme de manera saludable”. Solemos confundir, en cambio, imitación con voluntad o preferencia, y luego adicción con necesidad. Lo hacemos con nosotros mismos y no lo vamos a hacer con los niños…

Por supuesto que debemos preocuparnos de qué usan, consumen y hacen nuestros hijos. Pero eso parte por la autoobservación: ¿qué usamos, consumimos y hacemos nosotros? ¿Qué cosas hacemos disponibles en el entorno de nuestros hijos?

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Texto publicado originalmente el domingo 14 de diciembre de 2014 en El Magallanes/La Prensa Austral

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