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Lo de Martín Larraín me resulta extremadamente preocupante. Qué se yo –no lo sé, honestamente- qué ocurrió realmente esa horrible y estúpida noche en la que Hernán Canales perdió su vida. Me preocupa la posibilidad de que se haya determinado legalmente algo “injusto”; me preocupa que el dinero y la influencia hayan ejercido una palanca burda, hayan generado un agujero en esta historia. Pero yo no sé qué ocurrió, ni tengo a mano las pruebas del caso. La verdad es vital, pero solo podría yo especular.

Me preocupa el espíritu de lo que sucede: que seamos capaces de este nivel de desesperanza ante la justicia. Me preocupa que sea perfectamente factible imaginar que aquí todo salió torcido.

Me preocupa este odio, comprensible, entre quienes ven con dolor que no somos todos iguales ante la ley. Me preocupa la indolencia con las víctimas, o siquiera su fantasma, su apariencia. Me preocupan mis compatriotas, quienes alimentan esta rabia que hoy parece más verdadera, más justa, más honesta, en contra del presunto culpable. Me preocupa que vivimos en mundos distintos, los algunos y los otros. Me preocupa que eso no terminará aquí.

Me preocupa este suceso, como reflejo de tanto. En cada interacción social se puede reflejar el todo. En cada juicio torpe, la fragilidad de la justicia. El clasismo; el abismo entre realidades. El valor -y la valorización- otorgados a una vida humana. El precio que tiene la justicia. La diferencia, insalvable, de nuestras posiciones y posibilidades en el espectro social.

Me preocupa que ya no se aguanta más esto. Tenía que ser un atropello, como una gran metáfora, un gran símbolo de la violencia incontestada que vive tanta gente a diario. Tenía que ser el hijo de un poderoso visible, que tantas veces ha despreciado realidades a ojos de todos. Tenía que suceder en medio del goce descuidado, como un tren descarriado con los vidrios polarizados hacia dentro. Tenía que ser así, y al día siguiente del fallo, como programas satélites de un reality, como opinólogos de farándula, escarbamos en los obscenos detalles de cómo se llega a la sentencia.

Detalles para vociferar, para quejarse con los amigos, para volcar nuestra rabia en algún objeto de transición. Y Martín Larraín, finalmente, como un gran chivo expiatorio. Como un fusible de este crudo sistema. Que se vaya a vivir a otro país, por último, o que deje pasar un tiempo… y ya todo seguirá igual. Qué se yo lo que pasa por su mente hoy, qué se yo cómo pasó esta Navidad, qué se yo si hay dolor, arrepentimiento, o tal vez una sensación –legítima o no, qué importa- de injusticia contra la imagen de su persona. Qué importa eso hoy, si tenemos una persona sin vida, y nuevamente ha ganado “la casa”: todo sigue igual.

Un feudalismo modernizado, ni siquiera intenta ocultarse. Los burdos instrumentos a la vista de todos; y hoy, tenemos un rostro y un nombre para odiar intensamente por un rato. Me preocupa mucho ello: que el odio y la rabia son para muchos, la justicia (moral) de hoy. Me preocupa mucho todo esto.

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Texto publicado originalmente el domingo 28 de diciembre de 2014 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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