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Me parece digna de mencionar la grave tendencia a que los grandes negocios se apoderen progresivamente de toda la línea de producción. Los oligopolios son como los transgénicos; tenemos casos tan emblemáticamente horrorosos, que terminamos por tener una reacción refleja de asco cuando sospechamos su presencia.

El asunto es que hoy en día es casi imposible ir a un supermercado y salir con un carro libre de productos que sean de la marca del supermercado. En un principio, éstos eran una opción más barata que las alternativas, pero hoy en día no solo cuestan lo mismo, sino que los otros ya van desapareciendo. Las alacenas de un supermercado funcionan bastante parecido a la televisión: hay niveles donde se concentran las miradas –así como el “horario prime”- y el efecto visual, el primer escaneo con la vista, es muy importante respecto a qué llevará el cliente que no está buscando algo en específico. Súmele a eso un empaque simplón, poco atractivo, que grita “esto es más barato” –sin importar que lo sea realmente-, y tenemos un éxito en ventas. Las alternativas van desapareciendo, sea por bajas en sus ventas, o simplemente porque la alacena está repleta de productos “de la casa”.

Y alguien tiene que fabricar todas estas cosas que llevan la marca de la casa. Pues bien, estos productos pasan a ser producidos muchas veces por los mismos que ahora compiten por espacio y clientes. La diferencia, obviamente, es que ahora hay un intermediario adicional, que ni tan intermediario es. ¿Quién mató a la lasaña Maggie?

El caso quizá es inocuo para muchos de ustedes. Sin embargo, muchas veces olvidamos cómo, de formas muy concretas, la concentración de los recursos va generando las condiciones para que unos pocos puedan determinar el curso de partes muy importantes de nuestro día a día: los salarios, los precios, los productos que consumimos, etc. Y la desaparición de la lasaña que para muchos fue la vara según la cual se miden todas las lasañas posteriores –afortunadamente, en mi caso es la de mi abuela, pero la mención de Maggie es recurrente- puede ser un ejemplo tonto, casi gracioso, de cómo esto ocurre.

Pero la seriedad de los efectos de la concentración no puede desestimarse: Hace tan solo días vimos cómo a lo largo del país, trabajadores de la cadena Walmart se movilizaron de forma inédita. Pero, ¿en qué quedó? Tras el acuerdo, los propios representantes de trabajadores se mostraron evidentemente defraudados respecto al poco peso que tuvo la medida de presión para la empresa –¡dos semanas de huelga!

No se trata de un romanticismo por los tiempos en los que solo existían empresas relativamente pequeñas. Cada época ha tenido sus problemáticas, y para el consumidor se pueden encontrar algunos beneficios en el surgimento de grandes cadenas de locales; el problema es que, sin una adecuada regulación, miles de empleados agrupados en torno a una negociación, no parecen pesar tanto como la riqueza que generan a través de su propio trabajo…y llegado el momento de poner los puntos sobre las ies, parece ser que el grande es el que escribe la historia.

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Texto publicado originalmente el domingo 4 de enero de 2015 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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