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¿Todavía estamos a tiempo de hacer “resoluciones de año nuevo”?

Este año quiero agacharme más, inclinarme más hacia delante y alcanzar la altura del Ignacio para jugar. Qué esfuerzo, literalmente, qué esfuerzo físico me supone estar un buen rato tan cerca del suelo, ver las cosas desde su altura, apreciar que los adultos son tan tremendos, así como lo son todos los muebles y objetos.

Tan cerca que están los bichitos, tan apreciables y detalladas que son las piedrecitas y las hojas de pasto. Tan olorosa la tierra, y tan grandes las distancias.

Mi espalda comienza a resentirse, mis piernas se acalambran. Qué largo y torpe me siento, frente a los espontáneos y decididos movimientos del Ignacio, ajustado plenamente a esta dimensión de la realidad.

Mi mente divaga en un millón de cosas, y siempre parece que hubiera algo que hacer, o al menos, algo que planificar para hacer después.

¿Cuántas horas al año pasaré durmiendo? ¿Trabajando, viajando, leyendo? ¿Y cuántas jugando con el Ignacio, de lleno, sin límites de tiempo salvo los que él imponga? ¿En SUS condiciones, a sus juegos, siguiendo su imaginación? Con razón se resiente mi espalda y se me acalambran las piernas, si en mi vida de adulto casi no hay tiempo para hacer esto. He perdido toda práctica. Se me hace difícil y requiere de mi parte un gran esfuerzo.

Pero ah, cuando lo hago… cuando lo hago somos leones, hacemos ruidos de motos, lanzamos piedras, salpicamos agua, llenamos baldes de tierra. Nos miramos con ojos achinados y dientes brillantes, nos recagamos de la risa sin medida. Cuando lo hago, con cuánta generosidad el Ignacio deja pasar mis reiteradas faltas de tiempo, y me da la bienvenida a jugar como si lo hubiéramos estado haciendo hace solo un momento.

Entonces encuentro aquello que conduce nuestras vidas. Ese amor, ese goce, ese impulso que llena los días. Cuando lo hago, el tiempo se detiene, se vuelve eterno, como deben ser los minutos y las horas para el Ignacio. Todo está claro: nada más importa que jugar.

Cuando lo hago, siento que de verdad lo entiendo, y me lamento no darme el tiempo más seguido. Cuando lo hago, veo cómo me mira, con sus ojitos preciosos, y cómo me da la bienvenida, haciéndome parte importante de su vida.

Este año quiero jugar más.

—–

Texto publicado originalmente el domingo 18 de enero de 2015 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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