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Qué buen bañito te vas a dar, Ignacio, el agua está exquisita –le digo al chango. Él se arrima contra la bañera, y lo veo dudoso. Qué raro, si le gusta tanto bañarse; lo típico es que él mismo solicita –exige- la tina apenas termina de comer el desayuno.

A poto pelado y con la polera que no logré sacarle, me deja sentado perplejo y medio mojado de “regular” el agua, y parte por el pasillo con paso firme. Yo no entiendo nada. Está bien que últimamente lo baña su madre, pero… ella también me mira encogida de hombros, sin mediar explicación.

Potín pelé –como dirían los franceses (¿?)- se agacha dificultosamente bajo la silla del comedor, y ahí es cuando madre y padre entienden qué pasa: vino a buscar la gran pelota amarilla que le faltaba en la tina.

El Ignacio no habla aún. Bueno, ha dicho en su vida varias cosas; mamá, papá, (pel)ota, ta-unt (que es “silla”), tata, y un medianamente largo etcétera. Esto a veces le trae cierta frustración para darnos a entender sus propósitos, pero al mismo tiempo, es fuente fértil de invenciones de su parte para mostrarnos que siempre tiene un propósito lo que hace.

Los niños son en lo cotidiano sujetos de violencia en un sinfín de formas. Hay algunas extremadamente burdas, pero hay muchas otras bastante sutiles. Por ejemplo: la condescendencia o anulación. Especialmente en el caso de un niño que no tiene lenguaje expresivo, resulta difícil para la mayoría de los adultos entender dos cosas: que él escucha y entiende perfectamente –obviamente, en su lógica de niño pequeño, lo cual es tema para otro día-, y que él jamás hace las cosas “porque sí”.

Me causa algo de gracia y rabia –dependiendo del ánimo del día- cómo los adultos suelen inmediatamente denominar “bebé” o “guagua” a los niños que no hablan aún, independiente de su edad o tamaño. Lo que ocurre es que apenas son clasificados de esta forma, sus propósitos y planes se vuelven absolutamente prescindibles para los adultos. Dicho de otra forma: los “niños” parecen capaces de propósitos –manipulativos y malvados, en todo caso, según la opinión general…- y las “guaguas” simplemente hacen ruidos molestos.

Que yo ande apurado y no pueda entender su plan, es otra cosa, y algo que nos ocurre mucho a los adultos. El problema es que no tomamos la seriedad suficiente de lo que producimos al pasar por encima de los propósito de los niños: cortamos cadenas de pensamiento lógico causal. Cadenas de pensamiento que son la base de aprendizajes de orden cognitivo-intelectual, pero también ético. Producimos, a los ojos del niño, un espontáneo caos estructural respecto al cómo suceden las cosas, ocasionando confusión y frustración. Parecemos tremendamente arbitrarios.

El asunto es: ¿Qué tanto podría enseñarle al Ignacio sobre respetar a los demás, si ni siquiera me fijo en que él necesitaba buscar la gran pelota amarilla que faltaba para jugar en la tina? En cambio, esperándolo 30 segundos más, lo veo de nuevo feliz de meterse a la tina como todos los días.

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Texto publicado originalmente el domingo 8 de febrero de 2015 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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