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A comienzos de esta semana, y tras un largo padecimiento que ya no podía prolongarse más, terminó la vida de mi celular. El mismo que tantas veces cayó, en tantos ángulos distintos impactando tantos suelos, finalmente mostró sus últimas luces, con una esquina morada cual moretón, que luego fue convirtiéndose en un oscuro gris que colmó progresivamente toda el área de la pantalla. Así, como enviándome un doble mensaje, terminaron sus días. Mostrándome por una parte, que ya completamente castigado e incapaz de cumplir sus funciones básicas, aún podía técnicamente recobrar algo de su juventud. Quizá tan solo para atormentarme. Mostrándome por otra, que con el más pusilánime de los golpes estaba dispuesto a morir, que ya no aguantaba una más, que “ésta era la última que te aguantaba, Nico”.

Y no lo culpo.

Sin entrar en detalles velocimétricos que no vienen al caso, contemos de él, que una vez cayó desde el bolsillo de mi chaqueta de moto en plena autopista, salvándose apenas con rasguños, sin apagarse, para ser encontrado prácticamente ileso por una patrulla de carabineros de San Antonio horas más tarde.

Cuántas veces se sumergió en aguas, por descuido u omisión. Cuántos saltos intrépidos hizo desde mesas y sillas, motivado por mi hijo pequeño. Cuántas baterías distintas tuvo, y cargadores para cada una de ellas.

Su puerto de carga, ya temporadas sin funcionar, daba lugar a que su tapa tuviera que abrirse al menos dos veces al día para cambio de baterías que rápidamente se arruinaban, debido a calores internos propios de los últimos días de un viejo aparato. Pero todo eso aguantó.

Se había quemado también su antena de conexión inalámbrica, y un agradable día de domingo en familia, un impacto directo de frente contra baldosas acabó por trizar casi completamente el cristal que lucía hasta entonces inmaculado.

Ya no iba a aguantarme una más. Y así, en una crónica de muerte anunciada, tras una vida de golpes y apretones, deslizadas de bolsillos, salpicadas, manchas de aceite y grasa de rodamientos, y por qué no decirlo, una actividad 24/7 que terminaría con el más duro, la más simple de las caídas le sirvió de razón para decir adiós y hasta nunca, ojalá el próximo te las aguante, maldito manos de hacha, me vas a escribir ahora una columna, seguramente, y saludos a la familia.

Dicen que uno genera por estos días relaciones poco sanas con estas tecnologías de la información. Es posible, porque la verdad es que extrañaré a este blanco celular dimensionado para los bolsillos más grandes, fiel compañero de tantas salidas en moto. Instrumento de trabajo y contacto familiar, cómplice de conversaciones interrumpidas. Te echaré de menos, valiente celular. Que tu sucesor venga preparado para lo peor.

——

Texto que debió haberse publicado originalmente en El Magallanes/La Prensa Austral el domingo 15 de febrero de 2015. No ocurrió. Quizá nunca ocurra. Acá está, pues.

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2 pensamientos en “Adiós a un celular

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