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Estábamos en la plaza jugando, cuando el Ignacio se fue a sentar en una banca junto a un caballero que escuchaba música en el otro extremo. Como si el Ignacio le hubiera regalado la excusa al mostrarse curioso por un aparato que tenía en la mano, el caballero comenzó a hablar de su pena luego de explicar que se trataba de una radio; más bien, de un dispositivo para hipnoterapia.

Escuchamos atentamente su historia: Hace dos meses está en tratamiento de quimioterapia por un cáncer de colon que, asegura, se vio gatillado por la muerte de su hija, hace tres meses, luego de luchar contra la leucemia. Ella le dejó a sus padres una hija de 12 y un hijo de 10. En un plazo de tres meses, mi vida cambió por completo –me resume.

Me conmovió profundamente conversar con él, y ser esa oreja que seguramente necesitaba para poner en palabras, para nombrar, para sacar ahí afuera aquello que está viviendo. No importaba que yo no tuviera absolutamente nada de valor para decirle, para responder a sus inquietudes, en otro orden de magnitud que las mías. Su dolor, pero también su resolución, sus esperanzas, su reconocimiento de lo verdaderamente importante en la vida, y por qué no decirlo: del arrepentimiento de no haberse centrado más aun en ello mientras vivía todavía su hija, y mientras gozaba de algo más de salud.

Y me sentí conmovido en la experiencia de desconstruir un cliché. Un cliché… esos discursos proferidos en tantos sitios, en tantos tiempos y por tanta gente. Que lo verdaderamente importante de la vida no es la pega, sino la familia, que el tiempo, que las fechas grandes y las menores, que los niños, que las ganas de jugar, que demostrarle a los afectos que son afectos, caramba. Pero lo que dice es sencillamente cierto. Lo decimos todos ante las fracturas de la vida, porque son momentos en los que ya podemos detenernos a decirlo, a pensarlo, a tomarlo verdaderamente en serio. Porque son licencias para mirar hacia adentro con mayor honestidad, en medio del dolor y la dificultad, en medio del desaliento, en medio de la incertidumbre… como que solo se nos permitiese valorar la vida en los márgenes de ésta.

Pero si lo pensamos, acaso no nos pasa a todosque sentimos que esto es así. Cada quien con sus prioridades y palabras para describirlas, con sus formas y estilos, ¿pero acaso no es la vida misma sino amar la vida? Si amar la vida y amar a los demás resulta ser tan importante en el plano individual, microscópico, que es de esos fenómenos resultantes de encontrarse al límite… ¿por qué no es una preocupación social y macroscópica?

Si sabemos tanto acerca de los beneficios concretos y espirituales de la alegría, desde el cagarse un buen rato de la risa –en el argentino sentido de la expresión, por favor- hasta el sentirse amado por otro ser humano, ¿por qué no nos parece extremadamente destructivo el hecho de que prácticamente todo el mundo se siente demasiado agobiado por la rutina como para amar tanto como quisiera?

Sinceramente, opino que cabe pensar en las graves implicancias sociales de ello.

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Texto publicado originalmente el domingo 1 de marzo de 2015 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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