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Me resulta inmediatamente atractiva la librea de los jets de Aerolíneas Argentinas y Austral. Qué lindos están.

Me obliga la honestidad: cercana como se encuentra a mi corazón la existencia del pueblo argentino, repugnante me resulta la elección del tono específico de celeste que no solo lleva orgullosa su bandera -cual no me atrevería a insultar, señores-, sino que como jamás he visto en otra nación con tal singularidad, revisten la mayoría de sus motivos civiles -con o sin razón-, portándola incluso muchos argentinos en las más casuales y frecuentes de sus vestimentas. Jamás he visto nacionales portar con tanta redundancia los colores patrios, salvo en el contexto específico de importantes contiendas deportivas. Y bueno, el fútbol es una constante en Argentina como muchos quisieran que se viviera en el país vecino, y vale también decir que el uso cotidiano de la camiseta nacional goza de una valoración social al menos ligeramente más benevolente que en Chilito.

Reitero: espero puedan perdonarme la falta de gusto por ese específico tono de celeste, y se separe la mera opinión respecto a un componente aislado y en sí mismo, de la valoración de un altísimo estandarte patrio. De hecho, aclaro, la bandera como una composición total me parece bastante agradable a la vista. Júzgueseme, por último, como un sujeto que no sale decentemente vestido de su casa -especialmente en lo relativo a las combinaciones cromáticas- sin la ayuda de su amorosa, pero no por ello menos severa señora -en todo caso, con la severidad de todo quien sabe que ostenta la más absoluta  razón.

No debo ser el único, porque los orgullosos aeroplanos de Aerolíneas son más azules que celeste. La pegaron de lleno, che, con un tono que guarda evidente reminiscencia con los símbolos patrios, y que al mismo tiempo resulta de una solidez tan tranquilizadora como llamativa, exhibiéndose firme en las aeronaves, sin llegar al histrionismo aeronáutico. Un celeste oscuro -hago uso de mi máxima sensibilidad cromática en esta descripción- que delata las infinitas e indibujables vicisitudes de color de las que goza un cielo real, aun el más despejado de ellos, porque el avión no requiere acaso de su blanca panza para ser divisado desde cualquier ángulo. Realmente la pegaron.

He notado -se fija uno en estas cosas- que los de Austral pintan los “winglets” en el mismo rojo que aquella delgada línea que marca la diferencia entre el blanco y el azul. En tanto, Aerolíneas usa un gris que mis ojos apenas lograron distinguir al momento de subirme al avión. Una suerte de sombrita apenas visible -bueno, capaz usted lector la ve claramente…- que solo podría aportar aun más solidez visual; la que opaca casi totalmente la latente sensación de fragilidad que emana el sistema de gestión de equipaje de la aerolínea con mayúscula y en plural.

Me ha sido dada, no obstante la belleza de estos avioncitos, la circunstancia familiar de haber sido criado entre ingenieros y mentalidades afines. El gusto por la mecánica y, más tarde, la apreciación profesional -en una relación de confuso amor y odio- por la estadística, pugnan en mis entrañas con la apreciación estética y, valga decirlo, aunque con cierta vergüenza propia de hombres que preferimos pasar tiempo arreglando una moto que convertirtiéndonos en buenos bailarines, con el rendimiento que dichas apreciaciones estéticas tengan en términos de marketing. Tales asuntos me resultan tan vanos como necesarios. Tan superfluos como efectivas piedras de tope de mi actividad profesional.

Anoche se lo intentaba explicar a dos colegas del área de mantenimiento: hay un proceso de pensamiento, créanlo, capaz de apuro y angustia, relativo a si será preferible incluir en una publicación la imagen de nuestra querida aeronave, un pingüino, o un grupo de gente gozando de la vida. Alguien tiene que responder esas preguntas, señores.

Esta es una belleza de trabajar en el área de comunicaciones, de una aerolínea, de esta aerolínea. El sentir que quejarse por la “cajita infeliz” de la aerolínea grande -cuyo peso y calidad parece estar condenada a ir en permanente disminución, aunque probablemente sin jamás desaparecer por completo; la ampliación infinita de nuevos decimales para Pi- es una materia banal a la suma potencia, puesta sobre la mesa junto a la seguridad de sus operaciones de vuelo, pero al mismo tiempo seguir haciéndolo porque la crítica es perfectamente legítima, y en mi oficio, necesaria.

Eso es humano. O quizá es todo lo contrario a lo humano. Una pretensión intranquilizadora de tratar de estar en ambos lados al mismo tiempo, cuando lo más humano sería ejercer plenamente la existencia en uno de los dos.

Pero es humano, en tanto es una pretensión y no una realización, en tanto performance imperfecta. Porque sencillamente no doy abasto, y esa es parte de la gracia y la naturaleza de mi trabajo. Inevitablemente personificar, a ratos, al que se vuelca días enteros a encontrar la belleza en el diseño, el goce de los colores y la estética, la limpieza de los trazos y esa vertiginosa alegría de concebir la creciente popularidad de una “marca”. Inevitablemente ser un cursi pseudo-poeta que jamás se ha pasado toda la noche montando un motor de helicóptero, ni ha vivido hacinado al fin del mundo dos de cada tres semanas para jornadas laborales consistentes en suspenderse uno y a otros sobre las letalmente frías aguas de Magallanes a bordo de un pequeño y complejo aparato.

Aquella es la limitación propia de la individualidad, y me contento al menos con apreciarlo. Ahora mismo, me tengo que bajar de este magníficamente bello 737 de Aerolíneas Argentinas rápidamente, apurado mi espontáneo gremio por bajarse a encontrar a sus familias, porque hemos llegado a Buenos Aires, donde hace por estos días un calor con el que tan solo me quedaría tomar aquel abrigo de polar con cuyo material felizmente me hubiera confeccionado una precaria prenda para cubrirme las orejas del frío viento de Río Gallegos, y metérmelo en el culo… De esas cosas que se dicen tanto, pero jamás se hacen, y acaso en realidad jamás se debieran decir.

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