Home

Esta semana me tocó viajar desde Santiago a Buenos Aires, como enlace para Río Gallegos. Al llegar a la capital trasandina, me quedé esperando en vano mi maleta. Le ocurrió lo mismo a otros 7 pasajeros, entre los cuales naturalmente había otros chilenos, que mucho más pronto que tarde se indignaron, y comencé a escuchar frases del tipo “¡bah! Por eso están como están los argentinos”. Como iba a estar varias horas en Buenos Aires, el dependiente de la aerolínea me aconsejó salir nada más, y volver un poco antes de mi segundo vuelo a preguntar por la maleta. Al volver al aeropuerto, se produjo el siguiente diálogo:

-Llegué en vuelo desde Stgo y quiero saber qué pasa con mi maleta
-A ver el ticket…ah, no. Esta valija está para irse con vos directo a Gallegos.
-Ok, ¿me quedo tranquilo entonces, la recibo allá?
-No te quedés nunca tranquilo con nosotros, eh.
-Jaja bueno, entonces si llego y la maleta no está, ¿reclamo allá?
-¡Pero no llamés a la mala suerte tampoco!

De este lado del cerro, hace días que estamos inmersos en este impresionante reality legal que es el caso PENTA. Y, así como con el vergonzoso caso Caval, muchos acusaron un golpe al discurso de meritocracia y lucha contra la desigualdad del gobierno, con el caso PENTA, muchos se lamentan de que esta vergonzosa ocurrencia esté haciéndose eco en los medios internacionales, mostrando que Chile no es tan distinto a los demás países en cuanto a corrupción.

Esperen un poco. Si supusiera una gran cantidad de lectores gitanos, y yo fuera uno, les pediría que dejáramos de consultarnos la suerte mutuamente. Los argentinos han incorporado ya a su patrimonio cultural el desorden institucional, los atrasos en las fechas, y la corrupción en su política. Y no lo discutiré demasiado; vivimos con la tele sobre una caja de cartón y durmiendo en colchones en el suelo durante 3 meses cuando nos fuimos a vivir a Buenos Aires, por los reiterados atrasos en llevar los muebles. Y a nadie le sorprendía demasiado.

Pero en Chile somos buenos para hacernos los lesos. No he conocido otra nación donde en el día a día, en el discurso privado y en confianza, y en la mecánica en que operan la economía, la política, el empleo, el arte y la ciencia, reine tanto el amiguismo, el “pituto”, el “ser pillo”. El pillo es la figura de orgullo culpable del chileno. El que “la hace”. El que fue más inteligente que el sistema. El que aprovechó una mezquina ventaja. El que sabe usar/acordarse de los amigos cuando convine. El que se dio cuenta de que podía falsear información tributaria sin que se den cuenta. El que tiene el auto personal de lujo a nombre de la empresa y compra jamón serrano en el supermercado y pide factura.

En el microcosmos chileno, todas prácticas fáciles de justificar con algún reclamo sobre cómo “nos roban a diario”. Sobre cómo todos lo hacen y el que no, es huevón. Sobre cómo, la magnitud de lo que hago no se compara con los “verdaderos delincuentes”…

Y eso nos duele ahora, nos duele porque ahí entre los caraduras que en sus declaraciones muestran cero consciencia de su grave delito, acusando una persecución política en el solo hecho de transparentar esta vergonzosa exposición de falta de ética y respeto por la ley, nos reflejamos todos. Se refleja ese vano orgullo de ser los “ingleses de Sudamérica”. Y, ¿qué cresta significa eso, en todo caso? Da para otro momento discutir sobre el pariente del pillo…el insoportable arribista.

———————-

Texto publicado originalmente el domingo 15 de marzo de 2015 en El Magallanes / La Prensa Austral.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s