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Hace unos días estábamos jugando en un parque con el Ignacio. En eso, tres niñas se columpiaban en tres columpios dependientes del mismo arco, y otros niños jugaban con una pelota cerca de ahí. Uno de los niños del segundo grupo, un chiquito de unos 2 años, vio que la pelota rodaba lejos de ellos, y partió caminando a buscarla. Tal su mala suerte, que la pelota rodó dentro de la típica zanja que se va formando cada vez que los niños frenan con los pies sobre la tierra para bajarse del columpio, y él partió empecinado detrás de ella.

Cuando por fin consiguió su pelota, una de las niñas venía en plena trayectoria descendente, por lo que impactó irremediablemente y de lleno en la cabeza del niño que se encontraba ahora debajo de ella. Esos columpios son de plástico, pero de un plástico bastante rígido, y el golpe resonó con un eco en todo el parque. Tan fuerte que todos dejaron de hacer sus asuntos, y la niña se bajó muy asustada del columpio.

El niño, naturalmente, comenzó a llorar del dolor y el susto, y se fue corriendo rápidamente hacia su padre. Típicos sucesos de juegos en el parque. Pero el padre, de forma no tan típica –como yo hubiera esperado, al menos- lo esperó sentado, y cuando el niño llegó buscando su contención y consuelo, se limitó a decirle que no debía meterse debajo de los columpios.

Entretanto, las mamás de las niñas de los columpios comentaban que claramente fue culpa del niño, y al ver que éste tenía padres, se convino que estaba todo bien, y una de ellas le gritó a la niña asustada que ya está, que siguiera jugando. La niña no se volvió a subir al columpio esa tarde, seguramente de la pura impresión.

Confieso que me da rabia tan solo recordar la escena. A diario veo en redes sociales, de gente de todas edades, y en oxidadas cartas a diversos diarios, alegatos anunciando que estamos ad portas de una debacle social, porque los niños no respetan a sus mayores, ni hacen caso, ni cumplen con sus expectativas. Al mismo tiempo, álgidas celebraciones de parciales llamadas de atención, castigos ejemplares, y “comunicaciones” de que la niña tiene que ir a educación física.

Los adultos estamos continuamente exigiendo a los niños, que coman sano, que hagan sus tareas, que respeten a sus mayores y hagan caso en todo lo que decimos. Pero lo que yo más veo a mi alrededor son adultos sin la más mínima idea de nutrición, ni mucho menos disposición a respetar lo que sí saben; adultos sacando la vuelta en la pega, faltándose el respeto entre sí y a los niños, y con contradicciones continuas que van dejando su palabra sin valor.

Me da rabia recordar la escena, porque puedo asegurar que cualquiera de esas señoras, o el papá del niño se hubieran ido directo a urgencias si les llega en la cabeza menudo golpe de otra persona subida en un columpio. La mamá de la niña no se levantó del asiento ni siquiera para ver si su hija estaba bien, y mucho menos para preguntar por el estado del niño. Sí, fue un accidente, típico de la interacción entre niños de distintas edades…pero es lo mínimo. ¿Qué creen que va a pasar con los niños de este episodio cuando crezcan? Lo típico es que también se vuelvan adultos apáticos, incapaces de acudir ante la dificultad del otro. Si sus padres no acuden a las de ellos siquiera…

Me tiene harto la hipocresía. Nos la pasamos exigiendo, pero no estamos dispuestos a dar nada de nuestra parte. ¿Cómo esperamos respeto, si no podemos darlo en primer lugar? Los alegatos de la erosión del carácter humano no tienen ni pies ni cabeza, considerando que somos nosotros, cada uno de nosotros, los responsables por lo que observan y aprenden las generaciones que nos siguen.

Así, muy honestamente, viendo cómo actúan los adultos de hoy en día, me provoca desestimar las quejas destempladas de las generaciones pasadas.

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Texto publicado originalmente el domingo 29 de marzo de 2015 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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