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Ayer nuestro día terminó de una forma muy especial: el Ignacio no se quedaba aún dormido, entonces, como tantas otras veces, le expliqué que ya era tarde, que se ha hecho de noche y que el cielo oscuro está lleno de estrellas. Lo especial es que esta vez miramos hacia arriba y era cierto; ahí estaban las estrellas y la luna, brillando intensamente en contraste con la silenciosa y oscura noche de campo.

Nos cambiamos de casa, y han sido días agotadores e interminables. Un total de 660 kilómetros manejé la camioneta que nos prestaron unos amigos para hacer la mudanza. Ver al Ignacio buscando piedras, escuchando a los pájaros, y respirando un aire que ya no se consigue en la densa ciudad, hace que todo valga rápidamente la pena.

Pero estar aquí me marca más aun el contraste: Es increíble cómo los seres humanos hemos modificado los ambientes en los que habitamos. Las ciudades mal planificadas, que crecen al ritmo y forma dispuesta por los negocios inmobiliarios, sencillamente carecen de sustentabilidad. Acaso ninguna ciudad puede ser realmente sustentable.

La geografía inescrupulosamente intervenida, los bosques y campos alterados para producir lo que es más rentable antes de lo que estaban preparados para producir, y los cauces y canales interrumpidos y afectados… la pauta que conecta es una economía arrogante, mezclada con un falso humanismo: pese a los miles de millones de años en los que todo se ha destruido y vuelto a crear en plena concordancia con la naturaleza, “el mundo” apenas existe desde que nosotros vivimos en él –especismo que es del todo esperable, supongo-, pero nuestro modo de vida ni siquiera respeta a las personas por sobre la Tierra: aquello que tanto destruye y contamina el suelo ni siquiera nos alimenta a todos. De aquellas faenas que modifican irreparablemente el curso de los ríos, no nos enriquecemos todos.

Los grandes desastres “naturales” nos vuelven a traer todo esto a la mano, porque ninguno de ellos es tan natural. Ninguno de ellos es tan inédito ni inesperado. Ninguno de ellos tendría tal fuerza destructora de no ser por lo que nosotros hemos dispuesto en nuestro arrogante y descuidado uso del territorio.

Se incendia la tierra de las lluvias, y se inunda la tierra con el desierto más árido del mundo. Dos fenómenos que tienen una historia más artificial que natural, pese a que la geología nos enseña humildad respecto a la gravedad de las manifestaciones de la Tierra.

Más que hacer análisis respecto a la buena o mala fortuna de los gobernantes, y de seguir apuntando dedos de culpabilidad, propongo que nos pongamos los pantalones y seamos más responsables en el modo en que habitamos este flaco y largo reborde de continente. Responsables con la tierra finalmente, pero al menos en principio seámoslo entre sus habitantes porque, ante el desastre, quienes más se ven afectados son quienes menos recursos para salvarse tienen.

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Texto publicado originalmente el domingo 5 de abril de 2015 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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