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inclusión

No había querido comentarlo demasiado, porque hacerlo me provoca una rabia inmensa, pero hay una razón principal para encontrarme en completa falta de esperanza respecto a este blando gobierno y sus reformas: la reforma educativa no incluye a los estudiantes en situación de discapacidad.

Hay incluso un video dando vueltas, en el que el Ministro de Educación explica que esto es porque la discapacidad es un asunto de suma complejidad…un nuevo “no estamos listos para…”. Entonces, ¿cómo se atreven a utilizar la palabra “inclusión” cuando se habla de esta reforma?

Los cambios que son mero maquillaje, y que dejarán la segregación escolar por nivel socioeconómico prácticamente intacta, parecen optimistas frente a esta terrible negligencia inconstitucional que es dejar de lado, una vez más, a los niños cuyos padres hoy mendigan pidiendo por favor que los acepten en su escuela.

Como si fuera un favor, algo extraordinario, en un país que tuvo la cara para ratificar la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad de la ONU, que expresa claramente la obligación de hacer valer plenos derechos para los ciudadanos que presentan algún tipo de discapacidad.

Es que el asunto ni siquiera es tener o no tener “necesidades educativas especiales”. La inclusión tiene poco que ver, en estricto rigor, con el modelo que a duras penas se ha planteado en nuestro país: cupos limitados para “integrar” a algunos niños en las escuelas regulares. Entonces, ¿la escuela no es para todos? ¿La educación no es un derecho?

Obvia y tristemente, la respuesta es un rotundo NO. Y ahí es donde tenemos que comenzar la discusión. Si la discapacidad es un tema complejo, abordémoslo. La discapacidad es parte de la realidad social de toda población, es tan cotidiana y regular como cualquier fenómeno. Más de un tercio de las familias chilenas tiene algún miembro con discapacidad, ¿y seguimos pateando el tema del derecho básico a educación, porque es “complejo”?  ¿Porque no estamos listos?

Es inconcebible que un profesor hoy tenga la cabeza llena de “no estoy preparado para…”. Si no estamos preparando a nuestros profesores, a nuestros maestros, para brindar guía y apoyo a cualquier niño, y no somos capaces de brindarles las condiciones para realizar su trabajo de forma plena, sencillamente estamos cavando nuestra tumba. Estamos en total falta de dignidad y responsabilidad básica como país.

¿Qué espero yo de una reforma educativa? A lo menos, que dejemos de incurrir en la cotidiana ilegalidad e ilegitimidad de cerrarle la puerta en la cara a los niños.

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Texto publicado el domingo 19 de abril de 2015 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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